Chapter 9 - El viaje a la ciudad de las sombras

El viaje a la capital provincial duró dos días enteros a bordo de la diligencia del correo. El paisaje de campos verdes y ríos cantarines del valle fue dejando paso progresivamente a una llanura seca, gris, dominada por las chimeneas de ladrillo rojo de las primeras fábricas y las torres oscuras de los conventos y los juzgados.
Constanza no viajó sola. Viajó con Sebastián, con Gabriel prendido a su pecho en un fular de lana y con Ana María, que a sus diecisiete años se había empeñado en acompañarla vestida con la dignidad estricta de sus hábitos de maestra. Francisco se había quedado al mando de la casa, custodiando la toma de agua junto a Juan y tía Rosario.
La capital olía a carbón mineral, a humedad estancada y al sudor de miles de personas que caminaban ajetreadas sin mirarse a la cara. Para Ana María, que no había salido nunca del valle, el ruido de los carruajes sobre el adoquín y los gritos de los vendedores de periódicos resultaban abrumadores.
—Esta gente vive amontonada, mamá —murmuró la joven, apretándose contra el brazo de Constanza mientras cruzaban la plaza de la Audiencia—. Tienen muchas casas, pero no parecen tener ningún hogar.
—Tienen miedo, Ana María —respondió Constanza, mirando las fachadas grises de los edificios gubernamentales—. Cuando la gente vive lejos de la tierra, olvida que las cosas importantes tardan tiempo en crecer. Quieren que todo sea rápido, que todo esté en un libro, que todo tenga un precio.
El hospedaje donde se alojaron era una posada modesta cerca del barrio de los artesanos, gestionada por una viuda que había conocido a la madre de Sebastián. El cuarto olía a lavanda seca y cera de abeja, un pequeño oasis de limpieza en medio de la urbe atronadora.
Esa noche, antes de la vista, Sebastián repasaba los documentos a la luz de una vela de cera. Los abogados de los patronatos habían presentado un escrito de ochenta páginas. No solo cuestionaban la capacidad económica de Constanza; habían incluido testimonios firmados por el antiguo médico de la familia —el mismo que treinta años atrás la había sentenciado como estéril—, afirmando que la gestación de Gabriel a los cuarenta y dos años era una "imposibilidad biológica demostrada", sugiriendo que el niño había sido comprado a una mendiga de las salinas.
Constanza contempló al pequeño Gabriel, que dormía plácidamente en el centro de la cama de la posada. El bebé tenía la misma forma redonda en la barbilla que su abuelo, el hombre que había construido la Casa del Molino piedra a piedra.
—Mañana van a querer examinar al niño, Sebastián —dijo ella con voz tranquila—. Van a querer que un tribunal de médicos de la capital toque su carne para buscar firmas que no existen.
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—No lo permitiré sin un mandato explícito de la Suprema Inspección —respondió el maestro con firmeza—. El doctor Silva ha viajado en el coche de atrás. Llegará mañana por la mañana con el libro de partos de la parroquia del valle. Su firma vale más que diez informes de teóricos de la capital.
—No se trata de firmas, Sebastián —dijo Constanza, acercándose a la ventana para contemplar las luces lejanas de la ciudad—. Se trata de que ellos no pueden aceptar que la vida se abra paso fuera de sus jaulas. Si admiten que yo soy la madre de este niño y la tutora de esos huérfanos, admiten que sus orfanatos y sus decretos son inútiles. Y eso es lo que no van a perdonarme jamás.