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Chapter 17 - El último hilo de tía Rosario

—Te vas a quedar sola en el sillón del rincón, Constanza —dijo tía Rosario, intentando esbozar una sonrisa que arrugó aún más su rostro de pergamino—. Ya no habrá nadie que te regañe por gastar demasiado aceite en los quinqués o por dejar que los niños canten demasiado alto en las cenas.

—Usted no se va a ninguna parte, tía —respondió Constanza, luchando contra las lágrimas que le nublaban la vista—. El invierno acaba de empezar y Mateo necesita que le zurza el otro par de calcetines.

La anciana apretó los dedos de Constanza con una fuerza sorprendente para su cuerpo debilitado.

—No digas tonterías de joven, niña. Sé cuándo la tierra me llama para descansar. He vivido noventa y dos años de rabias, de guerras, de cosechas malas y de hombres que creían que mandaban sobre el mundo. Pero los últimos diez años... los diez años que pasé en esta casa contigo y con esos niños... esos han sido los únicos años en los que sentí que la vida no era una carga que había que arrastrar hasta la fosa.

Tía Rosario miró hacia la puerta entornada, por donde se filtraba el rumor leve de las lecciones que Ana María leía a los pequeños en el piso de abajo.

—No dejes que los hombres de leyes cambien esta casa cuando yo no esté, Constanza —murmuró la anciana, cerrando los ojos despacio—. Que no le pongan placas de bronce en la puerta. Que no le pongan nombres grandilocuentes. Que siga siendo la Casa del Molino... la casa donde cualquier perro flaco puede entrar a secarse la lluvia.

Esa misma noche, mientras la nieve cubría en silencio el granero y los campos de la ribera, tía Rosario se apagó sin un solo gemido, como una vela de cera buena que llega al final de su pábilo tras haber iluminado toda la estancia.

El entierro no se celebró en la fosa común de los pobres ni en el cementerio reservado a las familias ilustres de la villa. Se celebró en la colina del norte, bajo el gran roble que dominaba el cauce del río, el lugar exacto desde donde Juan había dibujado la casa en su lámina famosa.

Todo el pueblo subió la colina. Francisco, Juan, Mateo y el maestro Sebastián cargaron el ataúd de madera sencilla que ellos mismos habían labrado. No hubo crespones negros ni lamentos teatrales. Ana María y los niños de la escuela cantaron una cancioncilla tradicional de cuna que la propia tía Rosario les había enseñado durante las tardes de invierno.

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Al cerrar la tierra sobre la tumba, Constanza colocó sobre la cruz de madera el bastón de majuelo de la anciana.

—Gracias por decirme que todavía respiraba cuando yo creía estar muerta, tía —susurró Constanza al viento frío de la sierra—. Su hilo no se ha roto. Solo se ha enredado en las manos de todos los niños que aprendieron a caminar en su casa.

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