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Chapter 4 - El visitante de encaje y tinta

Don Aurelio de la Torre no llegó a caballo como los guardias de don Eduardo, ni en carruaje ostentoso. Llegó en una berlina negra, sobria, tirada por dos mulas percheronas que avanzaban con paso lento y rítmico sobre el camino de piedra. Vestía una levita gris de corte impecable, sin una sola mota de polvo a pesar del viaje, y llevaba bajo el brazo un tintero de viaje y un libro de folios empastados en piel de becerro.

Lo acompañaba un pasante joven, un chico de rostro pálido y dedos manchados de tinta que miraba la fachada de piedra del molino como si esperara ver salir a una pandilla de salvajes.

Constanza los recibió en el porche. No vistió el vestido negro de los años de luto voluntario, ni tampoco galas prestadas. Llevaba su vestido de lana parda, limpio, zurcido en los puños, el cabello recogido con firmeza y a Gabriel en el regazo, dormido plácidamente. A su lado, Sebastián vestía su bata de maestro; Francisco permanecía junto al pozo, limpiando un hacha de podar con un trapo impregnado en grasa; Ana María atendía a los pequeños en la mesa del patio.

Don Aurelio bajó del carruaje, se quitó el sombrero de copa corta y miró el entorno con la frialdad de un agrimensor que valora una finca embargada.

—Doña Constanza Valdés —dijo el juez instructor, sin extender la mano—. Soy el comisionado por la Real Audiencia para el examen de la situación de los menores residentes en esta propiedad.

—Sea bienvenido a la Casa del Molino, señoría —respondió Constanza sin pestañear—. La casa está abierta. No tenemos cerraduras que oculten nada a quienes vienen con buena fe.

El juez arqueó una ceja, visiblemente molesto por la alusión a la buena fe.

—La ley no opera con fe, doña Constanza, sino con hechos constatables —repuso, entrando en la gran sala. Su pasante lo siguió como una sombra, desplegando inmediatamente la libreta sobre la gran mesa de roble—. Empezaremos por el registro de los menores. Francisco, Ana María, Juan y Rosa. A los que debemos añadir el caso del niño Mateo, ingresado hace menos de una semana sin notificación al Juzgado de Primera Instancia.

—El niño Mateo estaba siendo devorado por una pletina de hierro podrida, señoría —intervino Sebastián con tono sereno—. La notificación administrativa habría tardado doce días en llegar desde la capital. Para entonces, la gangrena le habría obligado a amputarle la pierna.

Don Aurelio miró al maestro con severidad profesional.

—Las intervenciones quirúrgicas u ortopédicas no autorizadas por la autoridad médica civil son una falta grave, don Sebastián. Pero lo que hoy nos ocupa es la capacidad de este inmueble para albergar a seis menores sin rentas fijas declaradas. ¿De qué viven ustedes? El molino no produce harina comercial desde hace ocho años.

Constanza dio un paso hacia la mesa, apoyando una mano sobre la madera gastada.

—Producimos lo que comemos, señoría —dijo ella—. El huerto de atrás produce patatas, berzas, cebollas y legumbres suficientes para dos inviernos. La vaca nos da leche para la casa y para tres familias del pueblo que no pueden pagarla. Francisco vende la leña de poda en el mercado del distrito; Juan ilustra los manuales botánicos que Sebastián envía a la imprenta de la capital; y Ana María enseña a leer a doce niños del valle cuya existencia no consta en sus libros de registro porque las escuelas públicas no llegan hasta aquí.

Don Aurelio miró al pasante, que anotaba todo a velocidad frenética. Luego inclinó la cabeza hacia Gabriel.

—Y este lactante... —dijo el juez, endureciendo el timbre de su voz—. El informe del médico comarcal de hace catorce años especifica una condición irreversible de esterilidad en su persona. Debo solicitar la verificación del acta de nacimiento firmada por el doctor Silva. Hay dudas sobre la paternidad legal y la maternidad biológica.

Constanza sintió un estremecimiento de hielo en el vientre, pero no bajó la mirada.

—El doctor Silva vendrá esta tarde a certificar lo que sus manos asistieron, señoría —respondió ella—. Pero déjeme decirle algo sobre sus informes de hace catorce años. Aquel médico de la capital midió mi vientre con el prejuicio de quien cree que una mujer es un cántaro de barro que solo sirve si se llena de agua cuando el dueño lo dispone. La naturaleza no lee sus expedientes, señoría. Y Dios tampoco.

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Don Aurelio guardó silencio durante tres segundos largos. Por primera vez, sus ojos grises perdieron un ápice de su frialdad burocrática, revelando una chispa de incomodidad.

—Examinaré a los niños a solas —sentenció el juez—. Uno por uno. En esta sala. Sin la presencia de ustedes.

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