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Chapter 7 - El encuentro en la casa en ruinas

La casa de la familia Altamirano en la villa alta había sido, en otros tiempos, la más soberbia del comarca. Hoy sus balcones de hierro forjado estaban comidos por la orín, las cortinas de damasco colgaban deshilachadas tras los cristales sucios y el patio central olía a estiércol acumulado y vino rancio.

Rodrigo Altamirano no parecía el joven galán de veinticinco años que había bordado promesas en los paseos de los domingos. Tenía apenas cuarenta y tres, pero su rostro mostraba la hinchazón vergonzosa del alcoholismo temprano. Los cabellos encanecidos y despeinados le caían sobre la frente, y su traje de paño de primera calidad mostraba manchas de grasa y corchetes faltantes.

Estaba sentado en un sillón de cuero desfondado en medio del salón frío cuando Constanza entró. No iba sola; Francisco caminaba a su lado, vistiendo su mejor chaqueta de lana y manteniendo la cabeza erguida como un guardián silencioso.

Rodrigo se levantó de golpe, haciendo tambalear una botella de jerez que descansaba sobre la mesa.

—Constanza... —murmuró el hombre. Su voz era quebradiza, espesa por el vino—. No esperaba... no esperaba que vinieras en persona.

Constanza se detuvo a tres pasos de él. No había odio en sus ojos. Había algo peor para el orgullo de un hombre arruinado: una piedad serena, fría, indestructible.

—Has firmado una demanda para cortar el agua de la Casa del Molino, Rodrigo —dijo ella, sin rodeos.

El hombre evadió la mirada, buscando torpemente un cigarrillo en sus bolsillos.

—Son cosas de mis abogados, Constanza... Los negocios de la finca. Necesito capitalizar los derechos del río. El Banco me aprieta... No es nada personal contra ti.

—Nada personal —repitió ella con una risa breve, limpia—. Nunca nada fue personal contigo, Rodrigo. Ni cuando me prometiste matrimonio, ni cuando te fuiste sin mirarme a la cara porque un médico dijo que mi cuerpo no valía para darte un apellido.

Rodrigo apretó los dientes, reaccionando con la soberbia del acobardado.

—¡Cumplí con mi deber social! —exclamó alzando la voz—. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Quedarme con una mujer estéril mientras toda la comarca se reía de mi estirpe? Un Altamirano necesita herederos. ¡Tú no podías darme nada!

Francisco dio un paso al frente. El movimiento del joven fue tan rápido, tan cargado de una presencia física imponente, que Rodrigo retrocedió instintivamente hasta chocar contra el respaldo del sillón.

—Tranquilo, Francisco —dijo Constanza suavizando la voz para contener a su hijo—. No hace falta.

Constanza se acercó un paso más a Rodrigo. Sacó de su bolso un lienzo blanco y lo desplegó sobre la mesa sucia. Era el trozo de sábana bordada con las iniciales de ambos que ella había guardado durante veinte años en el fondo de un arcón.

—Te vine a traer esto —dijo ella—. Durante muchos años creí que este pedazo de lino era el testimonio de mi fracaso. Hoy sé que era el comprobante de mi liberación. Tú no querías una esposa, Rodrigo; querías una incubadora con apellido. Y la vida, en su infinita misericordia, me libró de ser la sierva de un hombre que se destruye a sí mismo cuando las cosas no salen como las leyó en sus libros de alcurnia.

—Tengo derechos sobre ese río... —balbuceó él, con los ojos inyectados en sangre.

—Los patronatos te han pagado trescientas monedas de plata por esa firma —dijo Constanza con absoluta certeza—. Sé la cifra exacta porque el maestro Sebastián conoce a los escribanos de la provincia. Pero escucha bien, Rodrigo: si cortas ese canal, la sierra del molino se parará, pero la Casa del Molino no se cerrará. Tengo cinco hijos que saben trabajar la tierra sin necesidad de tu río, y tengo un bebé que mama de mi pecho cada tres horas.

Rodrigo la miró fijamente, como si de pronto la mujer que tenía enfrente fuera un fantasma aparecido de otra dimensión.

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—¿Un bebé? —tartamudeó—. ¿Tuyo? Mentira... Tú no puedes... El doctor dijo...

—El doctor midió la carne, Rodrigo —sentenció Constanza, dándose la vuelta para salir—. No midió el alma. Quédate con tu plata de los patronatos. Úsala para pagar el vino que te ayuda a dormir. Pero no te acerques al molino, porque la próxima vez no vendré yo a hablarte. Vendrán los hombres del valle que no olvidan quién les da de comer cuando el invierno aprieta.

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