Chapter 29 - El canto del río eterno

En el otoño de 1905, el maestro Sebastián Morales se sintió cansado por primera vez en su vida. No era una enfermedad dolorosa ni un quebranto repentino; era el agotamiento dulce y definitivo del hombre que ha cumplido todas sus tareas sobre la tierra sin haber dejado un solo deber por hacer.
Se acostó una tarde de octubre en la gran cama matrimonial de la solana, con la ventana abierta para escuchar el sonido rítmico de la rueda del molino y las voces de los niños que leían en el patio de la escuela.
Constanza permaneció a su lado durante tres días, tomándole la mano y mojándole los labios con agua de menta, exactamente igual que había hecho años atrás con la pequeña Rosa en la noche de la gran fiebre.
Al atardecer del cuarto día, Sebastián abrió los ojos, miró a Constanza con esa luz clara y enamorada que no se había apagado en veinte años, y le sonrió.
—Ha sido un viaje hermoso, Constanza —murmuró el maestro con la voz muy débil—. Dejé la capital creyendo que venía a enseñar a un pueblo perdido, y me encontré con la única mujer que sabía leer el libro de la vida sin necesitar anteojos.
—No te vayas lejos, Sebastián —susurró ella, besándole la mano seca—. La escuela te necesita para corregir los exámenes de la tarde.
—La escuela ya no me necesita, amor mío —respondió el maestro, cerrando los ojos despacio mientras la luz del sol poniente doraba las paredes de la habitación—. Ana María inspecciona las aulas, Juan dibuja la verdad, Francisco sostiene el valle, Mateo lleva la sierra y tú... tú sigues siendo la puerta abierta que nunca se cerrará.
Sebastián expiró en paz, con una expresión de serenidad absoluta dibujada en el rostro.
El pueblo entero acompañó al maestro hasta la colina del norte, para enterrarlo al lado de tía Rosario, bajo la sombra protectora del gran roble. Los muchachos de la escuela no llevaron coronas de flores de invernadero; llevaron miles de hojas de papel dibujadas por ellos mismos con los versos y los problemas de aritmética que Sebastián les había enseñado a resolver.
Al regresar a la casa vacía, Gabriel tomó a su madre por el brazo.
—¿Tienes miedo, mamá? —preguntó el muchacho que ya tenía diecisiete años y se parecía a Sebastián en la forma pausada de hablar.
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Constanza miró la gran sala, miró la cuna vacía en el rincón, miró la mesa de roble donde comían cuarenta personas cada día, y finalmente miró las estrellas que empezaban a encenderse sobre el tejado del molino.
—No tengo miedo, Gabriel —respondió ella con la voz serena de la victoria definitiva—. Los hombres buenos como Sebastián no se mueren jamás; se quedan a vivir en la inteligencia de todos los niños a los que enseñaron a pensar por sí mismos.