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Chapter 28 - La lección de las sombras viejas

A principios de 1902, un suceso inesperado devolvió por un instante a la Casa del Molino el eco de su pasado lejano. Un joven de unos veinte años, de rostro pálido y manos finas que mostraban las estigmas de la falta de trabajo, llegó al pueblo buscando la casa de doña Constanza Valdés.

Se presentó como Eduardo Altamirano... el nieto ignorado del antiguo dueño de los patronatos corruptos, don Eduardo.

El muchacho traía una pequeña maleta de cartón y una carta escrita por su madre antes de morir en la miseria en un suburbio de la capital.

—Mi madre me dijo antes de expirar que en este valle vivía la única mujer a la que mi abuelo no pudo destruir —dijo el joven Eduardo, temblando de vergüenza frente a Constanza en la gran sala—. Me dijo que si algún día yo no tenía a dónde ir ni qué comer, viniera aquí y le dijera mi nombre. Dijo que usted sabría qué hacer conmigo.

Francisco, que ya peinaba canas en la barba y que era el alcalde pedáneo del municipio, dio un paso adelante con la mirada ensombrecida por el recuerdo de las amenazas de don Eduardo.

—Tu abuelo intentó llevarse a mis hermanos a una cárcel con crucifijos, muchacho —dijo Francisco con tono helado—. Intentó arruinar esta casa y pagó a hombres armados para sacarnos en mitad de la noche.

El joven Eduardo agachó la cabeza, esperando la orden de expulsión que creía merecer por el solo hecho de llevar aquel apellido.

Constanza se levantó de su sillón. Se acercó al joven, le tomó la maleta de cartón de la mano y se la entregó a Gabriel.

—Tu abuelo era un hombre que creía que los niños eran mercancía y que el amor se podía comprar con cheques de banco, Eduardo —dijo Constanza con una suavidad infinita—. Pero tú no eres tu abuelo. Tú eres solo un muchacho que ha llegado a esta puerta cargando una maleta vacía y un estómago hambriento.

Se volvió hacia Francisco.

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—Francisco, lleva a Eduardo al taller de carpintería. Enséñale a usar la cepilladora y dale una cama en el pabellón del norte. Aquí no juzgamos a los hijos por los crímenes de sus abuelos. Aquí juzgamos a los hombres por el empeño que ponen en limpiar las manchas que otros dejaron en su apellido.

El joven Eduardo se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar, cayendo de rodillas sobre las losas de la entrada, exactamente en el mismo lugar donde diez años atrás el pequeño Mateo había dejado caer su pletina de hierro podrida.

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