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Chapter 3 - La sombra en el libro de registros

Las noticias en los valles interiores no vuelan; se arrastran como la niebla de la mañana, pegadas a la tierra, colándose por las rendijas de las cocinas y las sacristías. La noticia de que la Casa del Molino había abierto sus puertas a un niño lisiado y a un arriero moribundo llegó a la cabecera del distrito en menos de tres días.

Sebastián regresó de la capital de la provincia con el rostro ensombrecido. Su maletín de cuero gastado venía atestado de carpetas de papel sellado, pero su mirada no traía la calma habitual del maestro que ha resuelto un problema de aritmética. Dejó el abrigo en el perchero y esperó a que los niños subieran al piso superior bajo la supervisión de Ana María para hablar con Constanza.

—Don Eduardo ha muerto en el presidio de la capital —soltó Sebastián de golpe, sirviéndose un vaso de agua fría del cántaro de barro.

Constanza se congeló con la cuchara de madera en la mano. La sombra de aquel hombre, que años atrás había intentado arrebatarle a sus hijos con la frialdad de quien ejecuta una hipoteca, parecía resurgir del barro.

—¿De qué? —preguntó ella.

—Fiebres pulmonares. O el abandono que él mismo sembró durante años —respondió el maestro, sentándose frente a ella—. Pero ese no es el problema, Constanza. El problema es lo que ha dejado escrito. Antes de morir, firmó una declaración ante el escribano del penal. Afirma que los bienes que sostenían su supuesta "Asociación de Beneficencia" no eran suyos, sino que pertenecían a una red de patronatos eclesiásticos y civiles de tres provincias. Y en ese testamento de venganza, ha incluido una lista de "receptores ilegales de menores".

—Nosotros —susurró Constanza.

—Nosotros a la cabeza —asintió Sebastián—. Nos acusa de haber despojado a su institución de los niños que, según sus papeles falsificados, estaban bajo la tutela del Estado. Y lo peor no es eso. El nuevo juez instructor que ha nombrado la Audiencia no es el pariente corrupto de don Eduardo. Es un hombre joven, de leyes estrictas, inflexible, un abogado formado en la capital que no cree en milagros ni en maternidades del corazón. Su nombre es Don Aurelio de la Torre.

—Un hombre de papel limpio —comentó tía Rosario desde el rincón, afilando un cuchillo de cocina contra una piedra de río—. Esos son los peores. A los ladrones se les compra con monedas; a los hombres de papel limpio hay que comprarles la ceguera con sangre o con razones que no caben en sus libros.

—Ha emitido una citación —continuó Sebastián, sacando una hoja con tres sellos de cera roja—. No viene a llevarse a los niños hoy ni mañana. Viene a realizar una "Inspección de Tutela y Capacidad Moral". Quieren auditoría de la casa, de los ingresos, de la salubridad, de la educación que reciben... y de la legitimidad de la presencia de Gabriel.

—¿De Gabriel? —Constanza dio un paso adelante, apretando los puños contra el delantal—. Gabriel es mi hijo. Nació de mis entrañas en esta misma casa, asistido por el doctor Silva y con tía Rosario de testigo.

—Para la ley de la capital, una mujer declarada clínicamente estéril hace catorce años que de repente da a luz a los cuarenta y dos años es una "anomalía documental" que requiere verificación —dijo Sebastián con amargura—. Insinúan en la carta que Gabriel podría ser otro huérfano más que hemos introducido secretamente en la casa para justificar nuestra situación.

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La ira, helada y antigua, volvió a encenderse en las venas de Constanza. No era la ira ciega de la mujer humillada a los veintidós años cuando Rodrigo la abandonó por la sentencia de un médico; era la rabia serena de una tigresa que ve una sombra rondar la boca de su cueva.

—Que venga ese hombre de papel —dijo Constanza, mirando hacia la escalera por donde bajaba el pequeño Mateo, caminando despacio pero sobre sus propios pies—. Que venga y mire la cicatriz de este niño. Que mire los cuadernos de Juan. Que mire la harina de la despensa. Si quiere ver papeles, le mostraremos las marcas que la vida deja en las personas cuando nadie las defiende.

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