Chapter 26 - La red de los senderos invisibles

A medida que pasaban los años, la Casa del Molino dejó de ser simplemente una finca en el mapa del comarca para convertirse en un concepto pedagógico y social que se estudiaba en las capitales.
Llegaban cartas de otras provincias de España, e incluso de países lejanos de América, solicitando información sobre el "Método Valdés-Morales" de acogida e integración de menores desamparados.
Ana María, en sus viajes de inspección como funcionaria del Ministerio, descubrió que en más de veinte municipios rurales habían surgido pequeñas "Casas del Molino" locales: escuelas agrícolas fundadas por antiguos alumnos de la Casa que aplicaban los mismos principios de dignidad, trabajo manual y rechazo absoluto a la caridad humillante.
Una tarde de primavera de 1894, una delegación de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de la capital visitó la propiedad para otorgar a Constanza la "Medalla de Oro al Mérito Social".
La ceremonia se celebró en el patio de la escuela, ante quinientas personas de todo el valle.
El presidente de la Academia, un anciano catedrático de barba venerable, leyó el discurso oficial glosando las virtudes de "la gran bienhechora del distrito".
Cuando le entregaron la medalla de oro guardada en un estuche de terciopelo azul, Constanza no se la puso en el pecho. Se acercó al estrado, tomó la medalla en sus manos, y caminó hacia el taller donde los muchachos de la escuela trabajaban las vigas de madera.
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Colocó la medalla sobre la mesa de trabajo de la carpintería, al lado de una cepilladora y de una escuadra de hierro gastada por el uso.
—Esta medalla no es mía, señores académicos —dijo Constanza a los ilustres visitantes de la capital—. Esta medalla pertenece al hacha de Francisco, a los cuadernos de Juan, a las cartillas de lectura de Ana María, a los parches de encaje de Rosa, a la sierra de Mateo y a las manos viejas de tía Rosario, que limpiaron el barro de esta casa cuando nadie nos daba un duro por nuestra supervivencia. Quédense con sus títulos de bienhechora. Nosotros preferimos seguir siendo lo que siempre hemos sido: los restos que se juntaron para construir algo que no se puede romper.