Chapter 10 - La sala de las vigas de roble

La gran sala de la Audiencia Provincial era un recinto imponente, de techos altísimos sostenidos por vigas de roble negro y ventanales ojivales que dejaban pasar una luz cenicienta. Las paredes estaban cubiertas de retratos de antiguos magistrados de mirada severa y mantos de armiño.
En el estrado no había un solo juez; había un tribunal de tres magistrados presidido por el Decano de la Audiencia, un hombre anciano de peluca blanca y manos temblorosas que escuchaba con aburrimiento el alegato del abogado de los patronatos.
El letrado de la acusación, un hombre joven de voz engolada y ademanes teatrales, paseaba frente a la barra de madera agitando un pliego de folios.
—¡Estamos ante un desafío abierto a las instituciones de la fe y del Estado, señorías! —clamó el abogado, señalando con el índice hacia el banco donde se sentaba Constanza—. Una mujer que durante décadas vivió en el ostracismo moral por su incapacidad notoria para constituir una familia legítima, pretende hoy erigirse en matriarca de una comuna desordenada. Recoge niños de los caminos sin filiación comprobada, desafía las órdenes de la autoridad comarcal, y para colmo de males, pretende hacer pasar por fruto de sus entrañas a un lactante cuya procedencia es, cuando menos, envuelta en las más oscuras sospechas.
Un murmullo recorrió el público asistente, compuesto en su mayoría por damas de la caridad oficial de la capital y pasantes de abogacía que habían acudido a presenciar el espectáculo.
El magistrado decano tocó la campanilla de plata.
—Tiene la palabra la defensa —dijo el anciano con voz cansada.
Sebastián no usó la toga de los abogados. Subió al estrado vistiendo su traje de maestro de escuela rural, sosteniendo bajo el brazo no un legajo de leyes, sino una sola carpeta limpia.
—Señorías —comenzó Sebastián. Su voz, acostumbrada a hacerse oír por encima del rumor del río y del alboroto de las aulas, llenó la estancia sin necesidad de gritar—. Mi representada no defenderá hoy su moralidad, porque la moralidad no se demuestra con adjetivos en un tribunal; se demuestra con el estado de los campos, la salud de las criaturas y la paz de los pueblos.
Sebastián abrió la carpeta y sacó la primera lámina.
—Este es el informe médico del doctor Silva, colegiado número 142 de esta provincia, quien asistió el parto del menor Gabriel el catorce de noviembre pasado. Acompaña el acta la certificación del párroco de la villa, quien bautizó al niño en presencia de trescientos vecinos. Si la acusación pretende sostener que trescientas personas y un médico respetado han mentido bajo juramento para favorecer a una mujer sola, deberán traer aquí las pruebas de semejante conspiración.
El abogado de la acusación saltó de su asiento.
—¡Exijo un examen ginecológico oficial por el tribunal de cirujanos de la capital! —gritó el letrado—. ¡Es la única forma de desmentir la supuesta curación milagrosa de una esterilidad diagnosticada por la ciencia!
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La sala quedó en un silencio absoluto. Todos los ojos se giraron hacia Constanza.
Constanza se levantó lentamente de su banco. Ajustó a Gabriel en sus brazos, miró al tribunal de magistrados, y luego caminó con paso firme hasta situarse en el centro de la sala, justo frente a la barra de la acusación.