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Chapter 1 - El eco de la cuna nuevaEl llanto del

Chapter 1 - El eco de la cuna nuevaEl llanto del pequeño Gabriel no interrupción el silencio de la Casa del Molino; lo destruyó para siempre, y nadie en aquella mesa amplia tuvo la audacia de lamentarlo. Tenía apenas tres semanas de nacido, pero sus pulmones reclamaban el mundo con la misma vehemencia con la que el viento solía golpear los postigos de madera en los inviernos oscuros. Constanza apenas dormía. No obstante, las ojeras que se dibujaban bajo sus ojos no tenían el tono ceniza de la desesperación que la había acompañado a los treinta años, sino un matiz parduzco, terroso, fértil, como la tierra del huerto que Francisco removía cada mañana antes del amanecer.

Aquel primer lunes de febrero, el frío apretaba las piedras del granero. Francisco entró cargando un cesto de leña seca cuya corteza aún desprendía olor a resina y escarcha. A sus veinte años, el muchacho había dejado de encorvar las espaldas; sus hombros, antes desgastados por el peso de sostener a sus hermanos por los caminos de barro, se habían ensanchado. Dejó caer los troncos junto al fogón y se acercó a la cuna tallada a mano —su propia obra, labrada en madera de nogal durante los meses de gestación de Constanza— para rozar con el nudillo de su índice la mejilla rosada de Gabriel.

—Sigue comiendo como si fuera a correr un maratón, mamá —dijo Francisco. La palabra mamá le salía ya sin tropezar, sin el pudor que al principio le agarrotaba la garganta.

Constanza, sentada junto al ventanal con el niño adormecido sobre el pecho, sonrió. Tía Rosario, desde su sillón frailero cerca de la ceniza, no levantó la vista del calcetín que zurcía con manos rígidas por la artrosis, pero soltó un resoplido de suficiencia.

—Come porque es un Altamirano de sangre limpia y un hijo de la Casa del Molino por gracia de Dios —sentenció la anciana, moviendo la aguja con precisión milimétrica—. Y porque tiene a cinco hermanos mayores velándole el aliento. A ver quién es el guapo en este valle que se atreve a estornudar cerca de esta cuna.

Ana María, que ya vestía la falda larga y azul de las maestras rurales y llevaba el cabello recogido con una peineta de carey que Sebastián le había regalado al graduarse, acomodaba las libretas de los niños sobre la gran mesa de roble. Juan, a sus catorce años, ya no era el niño mudo que miraba al suelo; sus manos, sorprendentemente hábiles para el dibujo, trazaban en la lámina de un cuaderno la silueta exacta del ave que había visto en el alero del tejado. Rosa, inquieta como una chispa de chimenea, intentaba ponerle un lazo de cinta roja al gato tuerto que habitaba la despensa.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta. No fueron tres golpes desesperados como los de aquella noche de tormenta de hacía años. Fue un toque pausado, respetuoso pero firme, el toque de alguien que sabe que al otro lado de ese umbral no se responde con amenazas, sino con juicio.

Sebastián, que apuraba un tazón de malva caliente antes de salir hacia la escuela parroquial, se levantó de inmediato. Ajustó sus gafas de montura metálica y miró a Constanza. Una mirada breve, un código indescifrable fundido a lo largo de una década de complicidad silenciosa. Abrió la puerta.

En el pórtico, envuelto en una capa de paño basto que olía a establo y caminata larga, no había un guardia de don Eduardo ni un enviado del juzgado. Era un hombre mayor, de barba encanecida y rostro surcado por las huellas que deja el sol picante de las salinas. Llevaba de la mano a un niño de no más de ocho años, cuya pierna izquierda estaba aprisionada por un rudimentario e hierro y cuero gastado.

—¿Es esta la casa de la mujer que no devuelve a los inocentes? —preguntó el hombre. Su voz sonaba ronca, gastada por el tabaco de hoja y la humillación.

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—Esta es la casa de Constanza y Sebastián —respondió el maestro, dando un paso al frente pero manteniendo la puerta abierta de par en par—. Aquí no se devuelve a nadie porque nadie es propiedad de nadie. Pase usted del viento, buen hombre.

Constanza se levantó despacio, cubriendo a Gabriel con la punta de su chal negro. Al cruzar el umbral del salón, la luz de la mañana dio de lleno en la cara del pequeño del hierro. El niño no lloraba. Tenía los ojos secos, oscuros y desconfiados, la misma mirada con la que Juan había llegado años atrás. Una mirada que no pertenecía a la infancia, sino a los animales que han aprendido a esperar la trampa en cada terrón de azúcar.

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