Chapter 30 - El jardín de las semillas infinitas

A los sesenta y cinco años, Doña Constanza Valdés era conocida en toda la provincia simplemente como "La Madre del Valle".
Había visto envejecer a sus primeros hijos y crecer a sus nietos; había visto cómo la Casa del Molino se convertía en el corazón de un sistema educativo y humano que daba cobijo a más de trescientos niños al año; y había visto cómo la palabra inútil, que durante treinta años había sido su condena privada, se había transformado en el monumento más hermoso a la fertilidad del alma.
Una tarde de invierno de 1912, la nieve volvió a caer con fuerza sobre los prados del molino. Constanza estaba sentada en su sillón junto a la gran chimenea del salón, envuelta en su chal de lana parda. Gabriel, que ya era un joven profesor universitario que había decidido quedarse a dirigir la Escuela del Molino, leía un libro a su lado.
De repente, por encima del rumor del río y del crepitar de las piñas de pino en el fuego, se escuchó un sonido familiar en el camino de piedra del patio exterior.
Pasos.
No eran los pasos pesados de los arrieros ni el trote de los caballos del correo. Eran pasos pequeños, desordenados, húmedos, urgentes.
Gabriel se levantó de inmediato para ir a la puerta, pero Constanza lo detuvo con un gesto suave de la mano.
—Déjame a mí, hijo —dijo la anciana, apoyándose en el bastón de majuelo de tía Rosario para ponerse de pie—. Esta es mi tarea desde hace treinta años.
Constanza caminó despacio hacia la gran puerta de roble. Sus piernas ya no tenían la agilidad de los años de juventud, pero su corazón latía con la misma fuerza serena de aquella noche de octubre en que abrió la puerta a cuatro huérfanos empapados.
Quitó el cerrojo de hierro, tiró de la manivela y abrió de par en par.
El viento de la noche le arrojó copos de nieve fina sobre el rostro y sobre los cabellos completamente blancos.
Allí, en el umbral iluminado por la luz del quinqué de la entrada, había dos niños pequeños: un muchacho de no más de nueve años que llevaba en brazos a una niña envuelta en una manta raída. Estaban mojados, temblaban de frío y sus ojos mostraban la misma mirada desconfiada y hambrienta que Francisco y Ana María habían traído tres décadas atrás.
El niño intentó hablar, pero el frío le paralizaba los labios.
Constanza no esperó a que dijera su nombre. Tampoco les preguntó de dónde venían, ni quién era su padre, ni si tenían papeles de la Audiencia.
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Se inclinó despacio, tomó a la niña pequeña en sus brazos —que pesaba casi nada y que olía a lluvia y a camino seco—, y miró al muchacho a los ojos con una sonrisa que encendió la oscuridad de la noche.
—Entren —dijo Constanza con esa voz firme, dulce y eterna que había salvado a un valle entero—. Entren antes de que se mueran de frío. Esta es la Casa del Molino... y aquí nadie vuelve a estar solo jamás.