Chapter 5 - Las pruebas del hacha y el cuaderno

El examen a solas duró más de cuatro horas. Los niños entraron uno a uno en la gran sala mientras Constanza, Sebastián y tía Rosario esperaban en el porche bajo un cielo amagado de lluvia fina.
El primero en salir fue Francisco. Salió con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de paja y una sonrisa amarga en los labios.
—¿Qué te ha preguntado? —quiso saber Sebastián.
—Si mamá nos obligaba a trabajar sin descanso. Si nos pegaba con la vara. Si pasábamos hambre —respondió el muchacho, mirando hacia la berlina del juez—. Le he enseñado las callosidades de mis manos. Le he dicho que estas manos cortan leña para que mis hermanos no se hielen, no porque nadie me ponga un látigo en la espalda. Le he dicho que cuando llegué a esta puerta, yo era un perro flaco que esperaba una patada, y que aquí me enseñaron que un hombre vale por lo que protege, no por lo que obedece.
Luego salió Ana María. La muchacha llevaba la cabeza alta.
—Ha intentado confundirme con las fechas —dijo la joven maestra—. Quería que admitiera que la escuela que tenemos en el granero es un negocio ilegal. Le he mostrado la cartilla de lectura de los niños del pueblo. Le he leído un pasaje del Código Civil sobre el deber de socorro a los desamparados. Se ha quedado helado. Ese hombre sabe muchas leyes, pero no ha visto a un niño morirse de frío en su vida.
Juan entró a continuación. La prueba de Juan era la más arriesgada; el muchacho, aunque hablaba con la familia, solía encerrarse en un silencio pétreo cuando se encontraba ante figuras de autoridad.
Pasaron veinte minutos. Treinta. La puerta se abrió finalmente. Don Aurelio salió al porche acompañado de Juan. En las manos del juez no estaba el libro de folios oficiales, sino un cuaderno de papel de estraza donde Juan había drawn una lámina deslumbrante: la Casa del Molino vista desde la colina del norte, con cada piedra detallada, la chimenea echando humo blanco, tía Rosario en el porche con su bastón y todos los niños reunidos alrededor de la cuna de Gabriel.
Bajo el dibujo, Juan había escrito con letra clara, pulcra, aprendida de Sebastián: "Esta es la casa donde las sombras aprendieron a hablar".
Don Aurelio miró a Constanza. El hombre parecía extrañamente cansado.
—El menor Juan me ha explicado, sin pronunciar más de seis palabras, el funcionamiento económico de esta propiedad —dijo el juez, ajustándose los guantes de cabritilla—. No he encontrado indicios de maltrato, explotación ni usura. Los niños presentan un estado de salud y nutrición superior a la media de las instituciones estatales de la provincia.
Constanza contuvo el aliento.
—¿Significa eso que la inspección ha terminado? —preguntó.
—La inspección de salubridad sí —respondió Don Aurelio, recuperando su tono distante—. Pero la legitimidad de la tutela del menor Mateo y la certificación de la maternidad de Gabriel quedan pendientes de la vista formal en la Audiencia Provincial el mes próximo. Hasta entonces, queda nombrada usted tutora cautelar, bajo la supervisión del párroco y del médico local.
El juez subió a la berlina. Antes de cerrar la portezuela, miró por la ventanilla hacia el granero, donde Francisco volvía a golpear los troncos con el hacha, marcando un ritmo constante, seguro, como el latido de un corazón de madera.
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—Doña Constanza —dijo el juez en voz baja—. Don Eduardo era un corrupto, pero tenía razón en una cosa: el mundo de ahí fuera no perdona a las instituciones paralelas. Prepárese para la vista en la capital. Los patronatos no van a permitir que una mujer sola les demuestre que sus orfanatos son cárceles con crucifijos.
La berlina arrancó, dejando una estela de barro sobre las piedras del camino.