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Chapter 18 - La carta de la Capital Lejana

El vacío dejado por tía Rosario en el rincón de la gran sala se llenó no con silencio, sino con la acelerada maduración de la segunda generación del molino. Gabriel ya caminaba con paso firme a sus dos años, un niño curioso que perseguía a las gallinas por el patio y que intentaba imitar las posturas de dibujo de Juan sobre las baldosas de la entrada.

En la primavera de 1888, una carta oficial con el sello del Ministerio de Instrucción Pública llegó a nombre de Ana María Valdés.

La joven maestra leía el documento en presencia de Sebastián y Constanza. Su rostro reflejaba una mezcla de orgullo intenso y pavor repentino.

—Me han concedido la beca de la Escuela Normal Superior de la Capital —dijo Ana María con la voz temblorosa—. Tres años de estudios superiores de pedagogía, con plaza garantizada como Inspectora de Escuelas Rurales al terminar.

Sebastián dio un golpe de alegría en la mesa.

—¡Es la distinción más alta de la provincia, Ana María! —exclamó el maestro—. De entre trescientas candidatas, han elegido a la muchacha que enseñaba a leer en el granero de un molino.

Sin embargo, Ana María no sonreía. Miró a Constanza, que lavaba las verduras en la pileta de piedra.

—No me voy a ir, mamá —dijo la joven con firmeza—. Aquí hay treinta niños que me necesitan. Francisco no puede llevar la sierra y la escuela al mismo tiempo, y tú tienes que cuidar de Gabriel y de los nuevos que llegan. No voy a abandonarlos por irme a una gran ciudad.

Constanza dejó las verduras en el cesto, se secó las manos en el delantal y se acercó a su hija. La tomó por los hombros y la obligó a mirarla directamente a los ojos.

—Escúchame bien, Ana María —dijo Constanza con esa voz que no admitía réplicas—. Cuando tú llegaste a esta puerta con once años, cargando a tu hermano Juan y defendiéndolo con dientes y uñas, me dijiste que solo querías pasar la noche y que te irías por la mañana porque no querías ser una carga. Yo te abrí la puerta no para retenerte en una jaula de gratitud, sino para darte alas para volar donde tu inteligencia te llevara.

—Pero la casa... —sollozó la muchacha.

—La casa no es un muro de piedra que aprisiona a sus hijos, Ana María —continuó Constanza, acariciándole el rostro—. La casa es el puerto desde donde los barcos salen a la mar. Si tú te quedas aquí por miedo o por deber, estarás haciendo lo mismo que hacían las mujeres viejas del pueblo: renunciar a tu vida antes de haberla probado. Vas a ir a esa capital. Vas a aprender todo lo que los libros de allí tengan que enseñarte, y cuando vuelvas como inspectora, abrirás mil escuelas más en todos los valles donde hoy los niños solo tienen barro y trabajo duro.

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Francisco, que escuchaba desde el marco de la puerta con su camisa de trabajo manchada de resina, se acercó y le revolvió el cabello a su hermana con rudeza cariñosa.

—Si no te subes a esa diligencia el lunes, hermana —dijo el joven granjero—, te subo yo en un saco de patatas y te llevo a pulso hasta la mesa del ministro. No he estado diez años cortando leña para que tú te quedes a cortar cebollas por miedo a los señores de la ciudad.

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