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Chapter 2 - La marca del hierro en la nieve

El hombre dijo llamarse Mateo, un antiguo arriero de las minas del norte que había gastado sus últimos pulmones transportando carbón vegetal. El niño era su nieto, Mateo también, aunque lo llamaban Mateito para distinguirlo de la ruina que quedaba de su abuelo. La madre del menor había muerto en las fiebres del último verano en los galerones de las salinas, y el padre simplemente se había volatilizado tras un juego de cartas y tres jarras de aguardiente en la taberna del cruce.

—El herrero del pueblo de abajo le puso este hierro cuando el muchacho tenía cuatro años —explicó el viejo Mateo, mientras tía Rosario le servía un tazón de caldo hirviendo que el anciano sujetó con ambas manos como si fuera un tesoro sagrado—. Dijo que era para enderezarle la rodilla nacida del revés. Pero el hierro creció más despacio que el hueso. Ahora el hierro lo devora, doña Constanza. El cuero se le ha metido en la carne, y en el pueblo me dijeron que si venía a la institución del gobierno me lo quitarían para meterlo a la herrería a picar piedra.

Constanza se arrodilló frente al pequeño Mateo. Gabriel descansaba ahora en los brazos de Ana María, que lo mecía con la soltura de quien ha criado a medio valle. Las manos de Constanza, acostumbradas al jabón de potasa, a la masa del pan y a la piel abrasada por las fiebres de Rosa, tocaron con delicadeza la hebilla verduzca que aprisionaba el tobillo del niño. El cuero estaba podrido por la humedad del viaje; la suela de hierro había deformado el andar del pequeño hasta volverlo un cojo artificial.

—Francisco —llamó Constanza sin levantar la vista—. Ve al granero y trae las tenazas de corte y el aceite de hipérico que preparamos en otoño.

—No hay dinero para pagarle, señora —murmuró el viejo arriero, agachando la cabeza hacia la mesa de madera—. Solo tengo esta mula vieja que se me muere en el camino y dos sacos de sal gorda.

—En esta casa no se compra el aire, Mateo —dijo Constanza con esa voz firme que años atrás había hecho dudar a los guardias a caballo—. Si sus sacos de sal sirven para conservar las matanzas del invierno, bien hechos están. Y si no, la sal limpia el suelo de las cuadras. Juan, acerca la banqueta y sostén la pierna de Mateito.

Juan se acercó de inmediato. El muchacho, que recordaba perfectamente el terror de ser tocado por extraños, se agachó junto al niño cojo. No usó palabras. Simplemente le ofreció su lápiz de grafito y la hoja donde había dibujado el pájaro. El pequeño Mateo miró el lápiz, miró a Juan, y por primera vez aflojó la tensión de sus hombros.

Francisco regresar con las herramientas. Durante media hora, el único sonido en la gran sala fue el crujir del cuero viejo al ser cortado, el chasquido del metal desgastado y las respiraciones contenidas de los presentes. Cuando la última pletina de hierro cayó sobre las losas con un ruido seco, pesado, definitivo, el pequeño Mateo dio un respingo. En su tobillo quedaba una cicatriz morada, una marca profunda que tardaría meses en desaparecer, pero su pie estaba libre.

—Intenta ponerte de pie —le dijo Sebastián con suavidad, inclinándose a su altura.

El niño dudó. Durante cuatro años, el hierro le había dictado cómo debía dolerle la tierra. Apoyó la planta del pie desnudo sobre la madera limpia del suelo. Dio un paso. Luego otro. Cojeaba, sí, pero no por el metal, sino por la costumbre del dolor.

El viejo arriero se cubrió la cara con las manos nudosas y rompió a llorar, un llanto silencioso y terrible que solo tienen los hombres viejos que han visto morir a toda su estirpe.

—Se puede quedar aquí el tiempo que haga falta —dijo Constanza, levantándose y limpiándose las manos manchadas de grasa rancia en su delantal—. Hay sitio en el cuarto de la solana. Ana María le enseñará las letras por las tardes, y Francisco le enseñará a caminar sin el miedo a la chatarra.

—¿Y usted qué gana con esto, doña? —preguntó el viejo entre sollozos—. La gente en el pueblo dice que usted junta niños para cobrarse el agravio de su juventud.

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Constanza miró hacia la cuna donde Gabriel dormía pacíficamente, y luego paseó la mirada por los rostros de Francisco, Ana María, Juan, Rosa y el recién llegado Mateo.

—La gente del pueblo mide la vida por metros de tela y sacos de trigo, Mateo —respondió ella—. Yo la mido por el número de voces que cantan cuando la tormenta golpea el tejado.

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