Chapter 25 - El eco del primer silencio

Diez años después de la noche de la gran tormenta, el invierno regresó al valle con la misma fiereza con la que había llegado cuando Francisco, Ana María, Juan y Rosa eran cuatro sombras temblorosas en el camino.
El viento bajaba de las cumbres aullando entre las vigas del molino, pero dentro de la gran sala el fuego ardía con una luz dorada y constante.
En la gran mesa de roble, ya no se comía en platos desparejados de loza barata. Había vajilla limpia, pan de centeno recién horneado y dos jarras de vino de la cosecha propia de la cooperativa.
Francisco era ya un hombre maduro de veinticinco años, padre de una niña pequeña que dormía en los brazos de su esposa María; Ana María, vestida con su traje oficial de Inspectora de Educación, revisaba los planes de estudio de diez escuelas rurales del distrito; Juan terminaba las láminas de su segundo volumen de botánica aplicada; Rosa dirigía el taller de confección que vestía a doscientos niños de la sierra; Mateo caminaba sin la menor traza de su antigua cojera, manejando la sierra hidráulica con una maestría admirada por todo el gremio; y el pequeño Gabriel leía en voz alta un capítulo de la historia universal ante la mirada atenta de Sebastián.
Constanza, sentada en el sillón frailero que antes ocupaba tía Rosario, los miraba a todos en silencio.
Ya no vestía de negro. Llevaba un vestido de lana azul, limpio, cálido, adornado con un cuello de encaje cosido por Ana María para su último cumpleaños.
Sebastián se acercó a ella con dos tazas de té amargo. Le entregó una y se sentó en la banqueta a sus pies, apoyando la cabeza contra su rodilla.
—¿En qué piensas, Constanza? —preguntó el maestro con voz suave.
—Pienso en las siete palabras del médico de la capital, Sebastián —respondió ella, pasándole los dedos por los cabellos canos—. "No podrá concebir hijos, doña Constanza".
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Sebastián sonrió, mirando a la sala llena de voces, de risas, de niños que discutían por un pedazo de empanada y de libros abiertos sobre las mesas.
—Ese médico era un hombre sabio, Constanza —dijo el maestro con una leve ironía—. No podías concebir hijos para un solo hombre que te quería para llenar un libro de linaje. Tuviste que concebir una familia para todo un valle que necesitaba aprender a vivir sin miedo.