Chapter 14 - La escuela de las manos manchadas

Con la tranquilidad legal garantizada por la sentencia de la Audiencia, la Casa del Molino entró en una época de transformación acelerada. El viejo granero, que durante décadas solo había servido para almacenar alpacas de paja y herrajes viejos, fue desmontado por completo por Francisco, Juan y los muchachos de la ribera.
Bajo la dirección de Sebastián y con el diseño de Ana María, el edificio se convirtió en la "Escuela de Artes y Oficios del Molino". No era una escuela tradicional donde los niños permanecían sentados durante seis horas memorizando catecismos y listas de reyes godos.
En la gran nave de piedra, las mañanas se dividían en dos partes: tres horas de lectura, escritura, aritmética y geografía impartidas por Sebastián y Ana María; y tres horas de taller práctico. Francisco enseñaba carpintería básica y uso de la sierra hidráulica; Juan dirigía el taller de dibujo técnico y botánica aplicada; y Constanza, ayudada por las mujeres del pueblo que ahora acudían voluntariamente, enseñaba conservación de alimentos, preparación de ungüentos medicinales y corte y confección de ropa de trabajo.
A mediados de verano, la escuela contaba ya con veintidós alumnos fijos. Doce de ellos eran los huérfanos que progresivamente iban llegando desde los valles vecinos —traídos por arrieros, por párrocos de aldeas perdidas o por los propios muchachos que contaban la historia del molino en los mercados—, y los otros diez eran hijos de los agricultores más pobres de la zona.
Una tarde de agosto, mientras Constanza supervisaba la elaboración de las mermeladas de ciruela en el gran patio, llegó un carruaje de la capital. No era la berlina del juez de la Torre. Era un carruaje descubierto, sencillo, del que bajó una mujer de unos treinta y cinco años, vestida con la elegancia sobria de las damas ilustradas de la ciudad.
Se presentó como Elena Sotomayor, inspectora del Consejo Nacional de Educación Sanitaria.
—He leído la sentencia de la Audiencia, doña Constanza —dijo la inspectora, paseando la mirada por el taller donde quince niños trabajaban la madera y leían planos bajo la supervisión de Juan—. Y he venido a ver con mis propios ojos si es verdad lo que dicen los periódicos de la capital.
—¿Y qué dicen los periódicos, doña Elena? —preguntó Constanza, ofreciéndole una banqueta a la sombra del emparrado.
—Dicen que en este valle hay una mujer que está convirtiendo a los niños que nadie quiere en los artesanos y maestros más capaces de la provincia —respondió la inspectora, tomando una nota en su libreta—. Dicen que aquí los huérfanos no piden limosna, sino que firman sus propios trabajos.
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Constanza sonrió, mirando hacia el fondo del taller, donde el pequeño Mateo, ya completamente recuperado de su cojera, sujetaba con firmeza una cepilladora de madera para sacar un listón perfectamente recto.
—Aquí no hacemos milagros, doña Elena —dijo Constanza—. Solo les quitamos el miedo. Cuando un niño descubre que sus manos pueden hacer algo útil que los adultos respetan, deja de pensar que su vida es una equivocación.