Chapter 13 - El regreso del camino dorado

El regreso al valle no fue un viaje en diligencia; fue una procesión involuntaria de bienvenida. La noticia de la sentencia había llegado antes que ellos mediante el coche de línea del mediodía, y cuando la calesa de Sebastián cruzó el puente de piedra que daba entrada al término municipal, la gente del pueblo no estaba en sus casas.
Estaban a ambos lados del camino.
El herrero Ramírez, ataviado con su delantal de cuero de trabajo, alzó un martillo al aire a modo de saludo; las mujeres de la iglesia, las mismas que años atrás bajaban la voz cuando Constanza entraba al templo, mostraron sonrisas tímidas, alzando a sus propios hijos para que vieran pasar la calesa. Doña Mercedes, la esposa del juez municipal, no dijo nada, pero dejó sobre el asiento de la calesa al pasar un paquete envuelto en papel fino que contenía dos mantas de pura lana virgen para el bebé.
Cuando llegaron al camino de piedra de la Casa del Molino, Francisco estaba esperándolos en la entrada del patio. Llevaba a hombros al pequeño Mateo, cuya pierna sanaba a pasos agigantados. Juan y Rosa corrían alrededor de las ruedas del carruaje gritando de alegría, mientras tía Rosario permanecía en el porche, apoyada en su bastón, con la misma cara de pocos amigos de siempre pero con unos ojos que brillaban como dos brasas encendidas.
—Han tardado mucho —refunfuñó la anciana cuando Constanza bajó de la calesa—. La sopa de berzas se ha pasado dos veces y el gato se ha comido la mitad del queso de cabra.
Constanza caminó hacia la anciana y la abrazó. La anciana se quedó rígida un segundo, sin costumbre de efusividades, para luego dar dos palmaditas secas en la espalda de Constanza con su mano deformada por los años.
—Buen trabajo, niña —murmuró tía Rosario al oído de Constanza—. Les has demostrado a esos leguleyos que la tierra seca solo necesita que la riegue alguien que no le tenga miedo a las lombrices.
Esa noche, la mesa de la gran sala se extendió con tres caballetes de madera adicionales. Ya no eran solo los de la casa; vinieron el doctor Silva, el viejo párroco Miguel, el maestro Sebastián y los muchachos del pueblo que ayudaban a Francisco en la sierra.
Durante la cena, Juan se levantó de su asiento. Buscó en el rincón su cuaderno de dibujos y sacó una lámina nueva. La colocó en el centro de la mesa, al lado del quinqué de aceite.
En la lámina aparecía la gran puerta de roble de la casa, pero no estaba cerrada. Estaba abierta de par en par, y de ella salía una luz dorada que iluminaba todo el valle, mientras una multitud de niños de todas las edades caminaba hacia el umbral cargando plantas, libros y herramientas.
Bajo la imagen, el muchacho que había tardado años en volver a hablar escribió su segunda frase célebre: "Aquí nadie nace sobrante".
Francisco levantó su vaso de vino.
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—Por mamá —dijo el muchacho con voz firme—. Que nos enseñó a no tenerle miedo a los hombres de papel.
Todos los presentes alzaron sus vasos. Y en el rincón de la cuna, el pequeño Gabriel soltó un balbuceo claro, un sonido pequeño pero victorioso que hizo reír a toda la mesa.