Chapter 11 - La voz de la madre real

—No habrá ningún examen —dijo Constanza. Su voz no tembló. Era una voz helada, limpia, que atravesó las vigas de roble del techo con la fuerza de un veredicto supremo.
El magistrado decano la miró por encima de sus gafas de media luna.
—Doña Constanza, la negativa a someterse a la pericial médica puede interpretarse como una presunción de fraude —advirtió el juez con cierta lástima.
—Que se interprete como la ley disponga, señoría —respondió ella, mirando fijamente a los tres magistrados—. Pero mi cuerpo no es una finca en litigio para que sus peritos entren a deslindar linderos. Durante veinte años, los hombres de ciencia de esta provincia usaron mi anatomía para dictaminar si yo tenía derecho o no a existir como mujer. Me dijeron que mi vientre estaba seco, y con esa frase me echaron a la calle, me quitaron el novio, me quitaron la voz y me obligaron a encerrarme en una casa vacía.
Constanza dio un paso hacia el estrado, alzando ligeramente a Gabriel para que los jueces pudieran ver la carita sonrosada del bebé.
—La ciencia de ustedes midió la carne, pero no pudo medir la fuerza de una mujer que decidió que si no podía dar vida desde la sangre, la daría desde el refugio. Crié a cuatro niños que estaban muriéndose de hambre en los caminos. Les quité el piojo, les quité la fiebre, les quité el miedo a los adultos. Les enseñé a leer, a sembrar y a mirar a los hombres a los ojos sin agachar la cabeza. Y cuando mi corazón estuvo lleno de esas cuatro vidas, este vientre que ustedes llamaron inútil se abrió para dar a luz a este niño.
La sala era una tumba. Ni una sola dama de la caridad se atrevió a mover el abanico. El abogado de la acusación permanecía con la boca media abierta, incapaz de articular réplica alguna.
—Si ustedes quieren quitarme a Gabriel porque sus libros no entienden cómo florece un árbol seco —continuó Constanza—, tendrán que enviar a la tropa a la Casa del Molino. Pero les advierto algo: no encontrarán a una mujer asustada. Encontrarán a un valle entero que ha entendido que la maternidad no es un documento de la Audiencia, sino el acto de quedarse cuando todos los demás se van.
El magistrado decano miró a sus dos compañeros de tribunal. Ambos jueces adjuntos, hombres maduros de aspecto austero, mostraron una inclinación de cabeza casi imperceptible.
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El anciano juez tomó el mazo de madera, pero no lo descargó de inmediato. Miró a Constanza con una mezcla de respeto y asombro que no había mostrado en toda la mañana.
—El tribunal se retira a deliberar —anunció el decano—. La sentencia se dictará esta tarde a las cinco.