Chapter 15 - La plaga en los prados bajos

El otoño del año siguiente trajo un desafío que no venía de los juzgados ni de la malicia de los hombres, sino de la propia tierra. Una plaga de mildiú y gorgojo de la patata, alimentada por las lluvias persistentes de finales de septiembre, arrasó las cosechas de los prados bajos del valle en menos de dos semanas.
Las familias del pueblo vieron cómo los tubérculos que debían sostenerlos durante el invierno se pudrían bajo la tierra convertidos en una masa negra y maloliente. El pánico comenzó a cundir en los mercados. Los precios de la harina y del grano comercial en la villa alta se triplicaron en cuestión de días, y las colas de familias hambrientas ante las puertas del ayuntamiento volvieron a reproducir las escenas de dolor de la gran crisis de diez años atrás.
Constanza convocó a toda la casa a una reunión extraordinaria en la gran sala.
—El huerto del molino está en la parte alta —explicó Francisco, desplegando un mapa de la finca sobre la mesa—. La plaga no ha llegado aquí gracias al drenaje de piedras que instalamos con el abuelo de Mateo. Tenemos patatas sanas, nabos, calabazas y tres graneros llenos de maíz seco.
—¿Cuánto tenemos en total? —preguntó Sebastián.
—Comida suficiente para esta casa durante dos años enteros —respondió Francisco—. O comida suficiente para toda la casa y para medio pueblo durante cuatro meses, si racionamos desde hoy.
Tía Rosario, desde su sillón, miró a Constanza.
—Si repartimos la comida con el pueblo, vendrán cien bocas más a la puerta, niña —advirtió la anciana con la crudeza del sentido común—. Y el invierno en esta sierra es muy largo.
Constanza se levantó de la mesa. Caminó hacia la despensa, abrió las puertas de doble hoja que dejaban ver los sacos de legumbres apilados hasta el techo, y luego miró a sus hijos.
—Hace diez años —dijo Constanza con voz pausada—, cuando cuatro niños llamaron a esta puerta en mitad de una tormenta, yo solo tenía tres cebollas, un poco de harina vieja y una casa llena de polvo. Si me hubiera guardado esa harina por miedo al futuro, hoy esta sala estaría vacía y yo seguiría siendo la mujer inútil que lloraba detrás de los postigos.
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Se volvió hacia Francisco y Juan.
—Mañana por la mañana montaremos el puesto de reparto en la plaza del pueblo. No regalaremos la comida como si fuera una limosna que humilla al que la recibe. La cambiaremos por trabajo: los hombres que no tengan cosecha ayudarán a ampliar el canal de riego de la parte alta; las mujeres ayudarán en el taller de confección de la escuela para hacer ropa de abrigo para los niños de la sierra. Aquí nadie pide, pero tampoco nadie se muere de hambre mientras el molino tenga un saco de grano en la despensa.