ascend

Chapter 19 - El nido que se extiende

La partida de Ana María hacia la capital marcó el inicio de una nueva etapa en la vida de la Casa del Molino: la etapa de los envíos y los retornos. La gran sala, que años atrás había sido un refugio de supervivencia inmediata, se transformó en el centro de operaciones de una red que empezaba a extenderse por toda la región.

Cada dos semanas, la diligencia del correo traía cartas de Ana María escritas con letra pulcra en papel de seda. En ellas, la joven narraba con agudeza las contradicciones de la vida urbana, las discusiones en las aulas de la Escuela Normal y sus visitas a los orfanatos oficiales de la capital, donde intentaba aplicar los métodos pedagógicos aprendidos en el taller de Sebastián.

Al mismo tiempo, la Casa del Molino seguía recibiendo nuevos habitantes. Llegó Lucía, una muchacha de catorce años que había sido abandonada por una compañía de cómicos ambulantes tras romperse el tobillo en una función; llegó Pedro, un chico de diez años que escapaba del trabajo infantil en las minas de lignito de la sierra alta; y llegaron los tres hermanos Carmen, Andrés y Felipe, cuya madre había muerto en el parto en una aldea aislada donde no había médico ni ayuda posible.

Para acomodar a la nueva familia, Francisco lideró la construcción del "Pabellón de los Ventanales", una ampliación de dos plantas edificada con piedra del río y vigas de pino de la propia finca. Juan, que ya tenía diecinueve años y cuyos dibujos botánicos comenzaban a publicarse en las revistas ilustradas de la capital, diseñó la estructura asegurando que cada habitación recibiera luz directa del sol durante al menos cuatro horas al día.

Una tarde de otoño, mientras Sebastián corregía los exámenes de los muchachos en la mesa del taller, Constanza lo observó desde la distancia. El maestro había cumplido cincuenta y dos años; peinaba canas en las sienes y sus gafas requerían cada vez más aumento, pero la serenidad de su rostro reflejaba la plenitud de un hombre que ha encontrado su lugar exacto en el universo.

Constanza se acercó a él cargando un tazón de té de menta.

—¿En qué piensas, maestro? —preguntó ella, apoyando una mano sobre su hombro.

May you like

Sebastián dejó la pluma sobre el tintero y se reclinó en el respaldo de la silla, tomando la mano de Constanza para llevarla a sus labios.

—Pienso en la paradoja de esta casa, Constanza —dijo él con una sonrisa tranquila—. Empezamos intentando salvar a cuatro niños de la muerte por congelación, y hoy tenemos una institución que funciona mejor que el ayuntamiento, una hija en la universidad de la capital, un hijo cuyos dibujos se estudian en los liceos y un taller que alimenta a medio valle. Y todo esto empezó porque una mujer decidió no volver a agachar la cabeza frente a un médico arrogante.

Related Stories

Other posts