Capítulo 9: La Tumba de Oro

Tres semanas después del desahucio, el paisaje que rodeaba a los Sterling había cambiado de manera tan drástica que parecía sacado de un universo paralelo. Atrás habían quedado los amplios bulevares del barrio de Salamanca, los techos abovedados de La Moraleja y el servicio de criados disponibles las veinticuatro horas del día. Su nueva realidad se encontraba en el tercer piso sin ascensor de un bloque de viviendas de ladrillo visto en las profundidades del barrio de Vallecas.
El piso, de apenas cincuenta y cinco metros cuadrados, olía permanentemente a lejía barata, a humedad acumulada en las paredes y a fritanga proveniente del bar de la planta baja. Lo habían conseguido alquilar gracias a un favor cobrado a un antiguo empleado de mantenimiento que, por pura lástima, accedió a firmar el contrato como avalista. Todo el dinero en efectivo que Marcos había logrado rascar del fondo de sus bolsillos y de la venta de unos gemelos de oro que los auditores pasaron por alto, se había esfumado en pagar la fianza y el primer mes de alquiler.
Matilde Sterling estaba sentada en una silla de formica en el minúsculo salón, que también hacía las veces de comedor y cocina. Llevaba puesto un abrigo de visón sobre un camisón viejo, tiritando de frío porque no tenían dinero para encender los radiadores eléctricos. Su mirada estaba fija en la pared desconchada, completamente ida. La mente de la otrora todopoderosa matriarca había decidido fracturarse para protegerse de una realidad que le resultaba inasumible.
—Marcos —llamó Matilde, con voz quejumbrosa—. Dile a María que el té está frío. Y que cambie las sábanas de la habitación de invitados, esta noche viene a cenar el ministro.
Marcos, que estaba fregando dos platos desconchados en el minúsculo fregadero de acero inoxidable, cerró el grifo y cerró los ojos con fuerza. Estaba demacrado. Había perdido cinco kilos en tres semanas, lucía una barba desaliñada de varios días y vestía un chándal gris que había comprado en un mercadillo.
—Mamá... María no está aquí —respondió Marcos, con una paciencia exhausta, secándose las manos con un trapo de cocina raído—. No hay servicio. No hay cena. Y el ministro no coge el teléfono desde hace un mes. Cómete la sopa de sobre, por favor. Se va a quedar fría.
Matilde lo miró con auténtico desprecio, como si no lo reconociera. —¡No me hables con esa impertinencia! ¡Soy la señora de esta casa! ¡Exijo que me traigan mi té en la vajilla de porcelana china ahora mismo!
Marcos golpeó el mármol barato de la encimera con el puño cerrado, asustando a la anciana. —¡Mírate, mamá! ¡Mira dónde estamos! —gritó, señalando las paredes manchadas de humedad y la ventana minúscula que daba a un patio interior lúgubre—. ¡La porcelana china la tiene Helena Montenegro! ¡Tu casa la tiene Helena Montenegro! Somos pobres, mamá. Somos indigentes. Y mañana tengo que ir a hacer cola a una oficina de empleo del Estado junto a cientos de personas a las que antes despreciabas, porque si no encuentro un trabajo limpiando suelos o reponiendo supermercados, la semana que viene no tendremos ni para comprar pan.
El silencio pesado llenó la habitación, solo interrumpido por el goteo constante de un grifo defectuoso. Matilde pareció recuperar un destello de lucidez. Se miró las manos desnudas, desprovistas de los anillos de diamantes que le habían conferido identidad durante toda su vida. Una lágrima solitaria, cargada de una amargura venenosa, resbaló por su mejilla arrugada.
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El salto desde la cima del mundo hasta los bajos fondos no los había matado físicamente, pero los estaba consumiendo en vida. Marcos se dejó caer en el pequeño sofá de escay, hundiendo el rostro entre las manos. Había creído que la humillación terminaría el día que abandonaron la mansión, pero el verdadero infierno era aquel: la rutina implacable de la supervivencia, el frío, el hambre y el absoluto anonimato. La tumba de oro en la que habían vivido se había transformado en una prisión de ladrillo y miseria de la que jamás podrían escapar.
En medio de su desesperación, Matilde apretó los puños bajo su abrigo de visón. En lo más profundo del forro interior de su maleta, había logrado esconder un pequeño y valiosísimo objeto que los auditores no habían detectado en el registro corporal. Un último cartucho. Una última oportunidad de venganza que estaba dispuesta a utilizar, aunque ello significara pactar con el mismísimo diablo.