Capítulo 4: Cenizas de un Imperio

La mañana siguiente despuntó sobre la urbanización de La Moraleja con un cielo encapotado y un gris plomizo que parecía reflejar el estado de ánimo en el interior de la mansión Sterling. El vestíbulo principal, escenario de la dantesca humillación de la noche anterior, seguía intacto. Los trozos del jarrón de cristal tallado continuaban esparcidos por el suelo de mármol, brillando como diamantes rotos bajo la pálida luz del alba. Nadie había recogido el desastre.
Matilde Sterling despertó a las ocho de la mañana en su inmensa cama con dosel, con un dolor punzante en el cuello y la mejilla izquierda palpitando como un corazón independiente. Como cada día durante las últimas dos décadas, alargó la mano y pulsó el timbre de plata de su mesilla de noche para llamar al servicio interno y exigir su té con limón y la prensa matutina planchada.
Esperó cinco minutos. Luego diez. Nadie acudió.
Frunciendo el ceño y mascullando maldiciones sobre la incompetencia del personal, Matilde se levantó, se puso una bata de seda sobre el camisón y salió al inmenso pasillo. La casa estaba envuelta en un silencio sepulcral, anormal e inquietante. No se oía el traqueteo de la vajilla en las cocinas, ni el zumbido de las aspiradoras, ni las voces ahogadas de las doncellas.
Bajó las escaleras con dificultad. Al llegar a las cocinas, la imagen que encontró la dejó paralizada. Allí no estaba el chef francés que cobraba una fortuna, ni las asistentas uniformadas. Solo encontró sobre la inmensa isla de acero inoxidable las llaves de los vehículos de servicio y una nota escrita a mano: «Las nóminas de este mes han sido devueltas por su banco. No trabajamos gratis».
—¡Marcos! —gritó Matilde, con la voz quebrada, la realidad golpeándola con una dureza despiadada.
Corrió hacia el despacho de su hijo, situado en el ala oeste de la planta baja. Abrió las pesadas puertas dobles de roble y encontró a Marcos derrumbado en un sillón de cuero. No se había quitado la ropa de la noche anterior. La camisa de su esmoquin estaba arrugada y manchada de sudor frío; la pajarita colgaba deshecha de su cuello. A su alrededor, el suelo estaba sembrado de folios impresos y el teléfono del despacho no había dejado de parpadear con llamadas entrantes que él ya ni se molestaba en contestar.
—Mamá... se acabó —murmuró Marcos, con la mirada perdida en un punto fijo de la estantería llena de libros que jamás había leído. Su voz sonaba hueca, vacía, desprovista del alma de aquel hombre prepotente que solía pasearse por Madrid como si le perteneciera.
—¿Qué quieres decir con que se acabó? ¡Levántate ahora mismo, llama a nuestros abogados, llama al ministro del interior si es necesario! ¡Somos los Sterling, por el amor de Dios! —exigió Matilde, agarrándose a los bordes de su bata de seda como si fuera un escudo protector.
Marcos soltó una carcajada patética, seca y carente de humor. Cogió un periódico económico que acababa de llegar por mensajería y se lo lanzó a su madre. Cayó a los pies de Matilde. En la portada, un inmenso titular en letras negras anunciaba: «El Colapso del Grupo Sterling: Fondos Bloqueados y Pánico en los Mercados por Impago Masivo».
—No hay abogados, mamá. Nadie quiere coger el caso porque no podemos pagar la provisión de fondos. He intentado usar la tarjeta Black para pagar un maldito taxi y me la han declinado. He llamado a Arturo, a Fernando, a los duques... —Marcos tragó saliva, pasándose las manos temblorosas por el pelo—. Todos me han colgado el teléfono o han puesto excusas. Las ratas están abandonando el barco.
Matilde se llevó una mano al pecho, sintiendo que le faltaba el aire. La majestuosa mansión, sus cuadros de incalculable valor, sus joyas... de repente todo parecía una gigantesca jaula de oro de la que no podían escapar.
—Esa... esa impostora... Elena... ¿quién demonios es realmente? —susurró Matilde, cayendo de rodillas junto al escritorio.
—No se llama Elena. O al menos, su apellido no es el que nos dijo. Es la dueña de la firma de inversión que ha orquestado todo esto. Se infiltró en nuestra vida, dejó que la humilláramos, dejó que la trataras como basura, solo para tener el placer de detonar la bomba viéndonos a la cara. Y nosotros, en nuestra infinita soberbia, le abrimos la puerta de par en par.
Marcos se levantó del sillón, con una determinación desesperada brillando en sus ojos inyectados en sangre. Cogió las llaves de uno de los coches clásicos del garaje que aún tenía el depósito lleno.
—¿Adónde vas? —preguntó su madre, aterrorizada.
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—A buscarla. A suplicar, a negociar, a arrodillarme si hace falta. Si no detiene este sangrado antes de las doce del mediodía, el juez firmará la intervención judicial de la empresa y lo perderemos todo. Absolutamente todo.
Marcos salió corriendo del despacho, dejando a Matilde Sterling sola, rodeada del lujo inútil de una casa que, en cuestión de horas, dejaría de ser suya. Las cenizas del imperio ya flotaban en el ambiente.