Capítulo 5: El Movimiento de la Reina

En la planta cuarenta y cinco de uno de los rascacielos más imponentes de la capital, el despacho de Elena era un santuario de poder absoluto. Minimalista, decorado en tonos oscuros, cristal y acero, ofrecía una vista panorámica de Madrid que empequeñecía al mundo. Sentada al frente de una inmensa mesa de reuniones de mármol negro, Elena ya no llevaba el vestido de seda champán. Vestía un traje sastre impecable de corte masculino en azul marino, con el pelo recogido de forma estricta. Ya no quedaba rastro de la prometida sumisa; allí solo estaba la depredadora ápex.
Frente a ella, múltiples pantallas proyectaban gráficos financieros que caían en picado, titulares de prensa y flujos de transacciones bloqueadas. Víctor, de pie junto a los ventanales, terminaba una llamada telefónica y se guardó el móvil en el bolsillo de la chaqueta.
—El cerco está cerrado, señorita Montenegro. Las acciones del Grupo Sterling han suspendido su cotización en bolsa tras caer un cuarenta por ciento en la apertura. Los acreedores menores están presentando demandas de embargo preventivo por pánico al contagio. La ejecución hipotecaria de sus propiedades privadas entrará en los juzgados a primera hora de la tarde.
Elena asintió lentamente, deslizando el dedo índice sobre la superficie fría de la mesa. Miró su propio reflejo en el cristal de la ventana.
Durante años, la ira había sido su único combustible. Quince años atrás, cuando ella apenas era una adolescente, los Sterling, en su codicia insaciable y su falta de escrúpulos, habían lanzado una opa hostil y fraudulenta contra la empresa constructora de su padre. Utilizaron influencias políticas, difamaron a su familia y ahogaron financieramente a su progenitor hasta llevarlo a la bancarrota absoluta. Su padre, incapaz de soportar la deshonra y la ruina provocada por la implacable Matilde Sterling, sufrió un infarto fulminante. Elena lo perdió todo: su familia, su estabilidad y su adolescencia.
Fue enviada al extranjero con unos familiares lejanos, donde forjó su mente, su imperio y su identidad secreta. Se prometió a sí misma que regresaría. Prometió que no utilizaría la violencia física, ni pistolas, ni matones a sueldo. Utilizaría el mismo lenguaje que los Sterling idolatraban: el dinero, las finanzas y el poder de aplastar legalmente a un enemigo hasta dejarlo sin aliento.
—Víctor —dijo Elena, sin apartar la mirada del ventanal—. ¿Ha intentado contactar con nosotros?
—Marcos Sterling ha intentado acceder a nuestras antiguas oficinas fantasma, las que usaba usted bajo su identidad falsa. Cuando descubrió que estaban vacías, ha intentado rastrear la IP de las órdenes de embargo. Nuestro equipo de ciberseguridad le ha dejado una puerta entreabierta deliberadamente, tal y como usted ordenó. Acaba de descubrir la dirección de este edificio.
—Excelente. Dile a la seguridad de la planta baja que, cuando llegue, no lo retengan. Dejad que suba. Quiero que vea con sus propios ojos la fortaleza desde la que lo he destruido.
Víctor frunció el ceño ligeramente, una rara muestra de preocupación en su habitual rostro imperturbable. —Señorita, ese hombre está desesperado y acorralado. Anoche intentó agredirla físicamente. Permitirle subir sin escolta armada en la sala podría ser un riesgo innecesario.
—No hay ningún riesgo, Víctor. Un perro apaleado y famélico no muerde la mano del único que tiene la llave de su jaula. Lo único que le queda es mendigar. Y quiero escuchar cómo lo hace.
Sonó el intercomunicador de la mesa. La voz de la recepcionista ejecutiva resonó en la amplia sala. —Señorita Montenegro, el señor Marcos Sterling está en los ascensores privados. Ha exigido verla de inmediato.
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Elena esbozó una sonrisa helada, el tipo de sonrisa que hiela la sangre de quien sabe interpretarla. —Déjale pasar, Marina. Y cancelad mis reuniones de las próximas dos horas. Voy a disfrutar de este encuentro.
Se levantó de la silla, caminó hacia el enorme ventanal y se cruzó de brazos, observando el tráfico de Madrid bajo sus pies. El movimiento de la reina estaba hecho, el tablero estaba despejado, y el rey enemigo caminaba voluntariamente hacia el matadero. El jaque mate era inminente.