Capítulo 11: El Último Veneno

La noche madrileña había caído con un manto de niebla espesa, envolviendo las calles del centro histórico en un aura lúgubre y cinematográfica. Matilde Sterling aguardaba sentada en un banco de piedra de los jardines de la Plaza de Oriente, muy cerca del Palacio Real. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del abrigo de visón, temblando de forma espasmódica. No sentía el frío en la piel, sino en el alma. Su respiración era agitada, y sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la demencia incipiente, escudriñaban la niebla buscando una señal.
Había cruzado la última frontera. Contratar a un sicario para asesinar a Helena Montenegro no era un acto de justicia corporativa; era un crimen sucio y callejero, algo que la matriarca de los Sterling habría despreciado en el pasado. Pero en su mente retorcida, eliminar a la mujer que les había robado el trono era la única manera de recuperar el orden natural de las cosas. Con Helena muerta, argumentaba su delirio, los documentos de cesión podrían ser impugnados y ellos regresarían a su mansión de cristal.
A las once y media de la noche, una figura fornida emergió de entre la bruma. Era "El Ruso". Matilde se levantó de golpe, con el corazón martilleándole contra las costillas de pura ansiedad.
—¿Está hecho? —preguntó la anciana, con la voz áspera y urgente—. Dime que esa perra está muerta. Dime que me has traído las pruebas que acordamos y te daré el resto del dinero.
El hombre se detuvo a dos metros de distancia, bajo la tenue luz anaranjada de una farola isabelina. No respondió. En su lugar, se hizo a un lado lentamente.
De entre la niebla, justo detrás del supuesto sicario, apareció Helena Montenegro. Iba impecablemente vestida, caminando con un paso seguro y letal, con las manos enfundadas en sus guantes de cuero. A su lado caminaba Víctor, y detrás de ellos, tres agentes de policía de paisano, mostrando claramente sus placas identificativas colgando del cuello.
Matilde Sterling ahogó un grito, llevándose las manos al pecho, como si acabara de ver a un fantasma surgir del pavimento.
—Buenas noches, Matilde —dijo Helena, deteniéndose a escasos centímetros de la matriarca. Su voz resonó en la plaza desierta con la claridad de una campana—. Veo que tu sentido de la elegancia no ha mejorado. Contratar a un matón de poca monta con el dinero de un broche robado... Supongo que la miseria te ha vuelto descuidada.
Matilde miró al matón, buscando una explicación, pero el hombre ni siquiera la miró a los ojos. Víctor se adelantó un paso, esbozando una sonrisa de absoluta suficiencia. —El señor al que intentó sobornar, doña Matilde, lleva en la nómina de seguridad del Grupo Montenegro desde hace cuatro años. Nunca hubo ningún contrato. Nunca hubo ningún ataque. Solo hubo una trampa tendida a medida para su desesperación.
Los agentes de policía se adelantaron. Uno de ellos desenfundó un par de esposas de acero inoxidable. —Matilde Sterling, queda usted detenida por conspiración para cometer asesinato y por ocultación de bienes embargados por orden judicial. Tiene derecho a guardar silencio.
—¡No! —chilló Matilde, perdiendo por completo los estribos, lanzándose hacia Helena con las manos por delante como si quisiera estrangularla—. ¡Te mataré! ¡Acabaré contigo, maldita campesina! ¡Devuélveme mi casa! ¡Devuélveme mi vida!
Los agentes la interceptaron en el acto, torciéndole los brazos a la espalda con profesionalidad y sin contemplaciones. El chasquido de las esposas cerrándose sobre sus muñecas sonó de forma idéntica al chasquido de la bofetada que había detonado todo semanas atrás. Matilde sollozaba, gritaba incoherencias, babeando y forcejeando inútilmente, despojada ya del más mínimo resquicio de dignidad humana.
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Desde la distancia, observando la escena escondido tras un seto, Marcos presenciaba el arresto. Había seguido a su madre al sospechar de sus salidas nocturnas. Llevaba el uniforme gris y barato del supermercado. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras veía cómo introducían a su madre a la fuerza en el coche patrulla camuflado. No dio un paso al frente para ayudarla. No gritó. Sabía que todo estaba perdido. Solo se dio la vuelta y se adentró en la oscuridad de la noche madrileña, aceptando por fin que los Sterling ya solo eran polvo barrido por el viento.
Helena observó cómo el coche policial se alejaba, con las luces azules reflejándose en el asfalto mojado. El último veneno había sido neutralizado, y la víbora, decapitada.