Capítulo 8: El Desahucio de Cristal

El sonido ensordecedor de los truenos retumbaba sobre la exclusiva urbanización de La Moraleja cuando Marcos Sterling cruzó a pie las imponentes verjas de hierro forjado de su mansión. Estaba empapado hasta los huesos, tiritando de frío y de terror. No había tenido forma de pagar un taxi y había vagado como un espectro hasta conseguir que un autobús de línea lo acercara a las inmediaciones.
Al llegar a la entrada principal, el caos ya se había desatado. Tres furgonetas negras de una empresa de auditoría y embargos judiciales bloqueaban el camino de entrada. Hombres y mujeres trajeados, con guantes de látex y carpetas con el logotipo del Grupo Montenegro, se movían por la casa con la frialdad de un ejército de ocupación. Estaban etiquetando todo: los jarrones Ming, los cuadros de Goya y Velázquez, los muebles de caoba y las joyas.
Matilde Sterling estaba en el centro del vestíbulo, envuelta en un ataque de histeria incontrolable. Su bata de seda estaba desarreglada, y se aferraba con uñas y dientes a un collar de esmeraldas, mientras dos auditores la observaban con una mezcla de aburrimiento y lástima.
—¡Soltad mis cosas, asquerosos burócratas! —chillaba la matriarca, con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Llamaré al presidente del gobierno! ¡Llamaré al Rey si es necesario! ¡Esta es mi casa! ¡Soy Matilde Sterling!
—Mamá... —Marcos irrumpió en el salón, dejando un reguero de agua sobre el mármol pulido. Su voz sonó rota, carente de cualquier autoridad—. Mamá, suéltalo. Déjales hacer su trabajo.
Matilde giró la cabeza hacia su hijo, y al ver su aspecto deplorable, la camisa sucia y mojada, la pajarita colgando miserablemente, pareció comprender de golpe que la pesadilla era real. Se acercó a él, agarrándolo por las solapas mojadas del esmoquin.
—¿Qué has hecho, Marcos? Dime que los has demandado. Dime que has solucionado este ultraje —le exigió, sacudiéndolo con una fuerza inusitada para su edad.
—Lo he firmado, mamá —confesó Marcos, bajando la cabeza, incapaz de sostener la mirada desquiciada de su madre—. Se lo he entregado todo. Las acciones, las empresas, las cuentas en Suiza, esta casa... Todo pertenece ahora a Helena Montenegro. A la hija de Ricardo.
El nombre pareció golpear a Matilde como si le hubieran asestado un ladrillazo en pleno rostro. Palideció de tal manera que pareció a punto de desmayarse. Retrocedió dos pasos, soltando las solapas de su hijo, mientras el collar de esmeraldas se le escurría de las manos y caía al suelo con un tintineo sordo.
—Ricardo Montenegro... —murmuró la anciana, como si las palabras le quemaran los labios—. La hija de ese fracasado... No puede ser. ¡Nosotros aplastamos a esa familia! ¡Los enterramos!
—Pues han vuelto de la tumba, mamá. Y nos acaban de cavar la nuestra. Si no firmaba, el juez iba a emitir una orden de busca y captura por fraude fiscal. Íbamos a ir a la cárcel, mamá. A una celda de verdad.
En ese instante, el jefe del equipo de auditores, un hombre corpulento de mirada gélida, se acercó a ellos con un documento en la mano. —Señor Sterling, señora Sterling. El inventario preliminar ha concluido. Tienen ustedes quince minutos para reunir sus enseres estrictamente personales: ropa, artículos de higiene y documentos de identidad. Las joyas, obras de arte y dispositivos electrónicos de valor quedan embargados bajo la orden judicial. Transcurrido ese tiempo, deberán abandonar la propiedad.
—¿Abandonar la propiedad? —Matilde rió, una risa histérica y aguda que resonó de forma espeluznante en las paredes del vestíbulo—. ¡Afuera está lloviendo a cántaros! ¡No tenemos adónde ir!
—Eso ya no es competencia de nuestra firma, señora —respondió el auditor con total indiferencia.
Quince minutos después, flanqueados por dos guardias de seguridad privada, Marcos y Matilde Sterling cruzaron por última vez el umbral de su mansión de cristal. Llevaban dos maletas de ruedas de tamaño mediano con algo de ropa de temporada. Matilde caminaba como un zombi, incapaz de articular palabra, apoyada en el brazo de su hijo.
Al cruzar las inmensas puertas de la finca, los flashes de las cámaras los cegaron por completo. Una docena de paparazzis y reporteros de la prensa económica y del corazón aguardaban bajo la lluvia, alertados por las filtraciones de Víctor. Las preguntas llovieron sobre ellos como cuchillos afilados.
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—¿Señor Sterling, es cierto que están en bancarrota? —¿Doña Matilde, qué se siente al ser desahuciada por deudas? —¿Hay una orden de prisión contra ustedes?
Marcos agachó la cabeza, cubriendo el rostro de su madre con la chaqueta de su esmoquin, y se abrió paso a empujones entre la nube de periodistas. Humillados, empapados y desprovistos de todo el poder que los había definido durante décadas, los antiguos reyes de Madrid comenzaron a caminar por el arcén de la carretera, arrastrando sus maletas sobre los charcos, mientras la silueta de su antigua mansión se perdía en la tormenta.