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Capítulo 7: El Trazo de la Derrota

El despacho de la planta cuarenta y cinco permanecía sumido en un silencio sepulcral, solo perturbado por el leve zumbido del sistema de climatización y la respiración errática y entrecortada de Marcos Sterling. Arrodillado sobre el mármol negro, con el rostro empapado en lágrimas y el orgullo pulverizado, observaba la estilográfica de plata maciza que Helena Montenegro mantenía suspendida en el aire. Aquel pequeño objeto cilíndrico, frío y brillante, representaba el cadalso donde el linaje de los Sterling iba a ser ejecutado públicamente.

Helena no movió ni un solo músculo. Su postura, erguida y marcial, irradiaba un aura de dominación absoluta. No había prisa en sus ojos oscuros, ni rastro de compasión. Era la personificación misma de la justicia implacable, aquella que su padre no había encontrado décadas atrás.

—El tiempo es un lujo que ya no puedes permitirte, Marcos —dijo Helena, con una voz aterciopelada pero cortante como un bisturí—. La fiscalía anticorrupción tiene el expediente redactado y la orden judicial sobre la mesa. Si el reloj marca las doce del mediodía y este documento no tiene tu firma, la policía entrará en La Moraleja. Tu madre saldrá esposada ante las cámaras de televisión. No solo perderéis el dinero; perderéis la libertad.

Marcos tragó saliva, sintiendo que el nudo de su pajarita deshecha le estrangulaba la garganta. El pánico, crudo e instintivo, venció a la arrogancia que le habían inculcado desde la cuna. Con la mano temblorosa, casi sufriendo un espasmo, se alzó torpemente y tomó la pluma estilográfica de los dedos de Helena. El roce fue gélido.

Se inclinó sobre la mesa de reuniones, sus ojos inyectados en sangre recorriendo las cláusulas del documento. Cesión total de activos. Traspaso de propiedades inmobiliarias. Renuncia irrevocable al control del holding. Cada línea era un clavo más en su ataúd financiero. Marcos apretó los dientes, emitió un sollozo ahogado que resonó patéticamente en la inmensidad de la sala, y apoyó el plumín sobre el papel de alto gramaje.

El sonido de la tinta arañando el documento fue rápido y definitivo. Al terminar, la pluma se resbaló de sus dedos y rodó por la mesa. Se había consumado. El imperio Sterling acababa de ser borrado del mapa económico español con un simple garabato en tinta azul.

Helena tomó el documento con una delicadeza ensayada, lo revisó durante un segundo para comprobar la validez de la firma, y asintió levemente hacia Víctor, quien aguardaba en la sombra del rascacielos.

—Trámitalo de inmediato con los notarios y el juzgado de guardia —ordenó Helena—. Paraliza la orden de busca y captura, pero mantén el bloqueo de las cuentas personales. No quiero que puedan comprar ni un billete de metro.

Marcos la miró desde el otro lado de la mesa, con el rostro descompuesto, esperando algún tipo de clemencia final, alguna concesión que les permitiera sobrevivir con un mínimo de decencia.

—Helena... el chalé de La Moraleja... danos al menos unos días para recoger nuestras cosas. Mi madre no puede enfrentarse a esto de golpe. La va a matar.

Helena se abrochó el botón de su chaqueta azul marino y caminó hacia la puerta del despacho, dándole la espalda al hombre arruinado. Se detuvo en el umbral, sin girar la cabeza.

—Los auditores llegarán a vuestra casa en exactamente sesenta minutos para hacer el inventario de embargo. Tienes una hora para decirle a tu madre que la dueña de la constructora que ella destrozó acaba de comprar su techo, sus muebles y su vida. Te sugiero que corras, Marcos. El tráfico en Madrid es terrible a esta hora.

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Sin decir una palabra más, Helena desapareció por el pasillo. Víctor se acercó a la mesa, recogió la estilográfica y miró a Marcos con una expresión vacía. —La salida está por allí, señor Sterling. Le ruego que no ensucie la moqueta de la recepción al marcharte.

Cuando Marcos abandonó el edificio, el cielo de Madrid se había vuelto completamente negro, presagiando una tormenta torrencial. Caminó por la acera sin paraguas, con la camisa del esmoquin empapada por la lluvia helada, incapaz de procesar que el coche de lujo con el que había llegado ya no le pertenecía, y que la vida de multimillonario que conocía se había desvanecido para siempre en el aire húmedo de la capital.

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