Capítulo 10: Ecos de un Pasado

A escasos kilómetros de la miseria de los Sterling, la inmensidad del Cementerio de La Almudena se extendía bajo el cielo invernal de Madrid. Los cipreses centenarios se mecían suavemente con el viento cortante de la mañana, proyectando sombras alargadas sobre las tumbas y los mausoleos de mármol.
Helena Montenegro caminaba en solitario por uno de los paseos empedrados más antiguos del camposanto. Vestía un elegante abrigo largo de cachemira negra, guantes de piel y gafas de sol oscuras que ocultaban sus ojos de cualquier mirada curiosa. Llevaba en la mano un sencillo ramo de claveles blancos, las flores favoritas de su padre. El contraste con las opresivas y recargadas coronas funerarias de las tumbas vecinas era un reflejo de su propia personalidad: pura, letal y sin estridencias.
Se detuvo frente a una lápida sobria de granito gris. En ella, cinceladas con letras sencillas, se leía: «Ricardo Montenegro. Padre, mentor, víctima. Su legado no fue enterrado con él».
Helena se arrodilló sobre la grava fría, apartando unas hojas secas que habían caído sobre la lápida, y depositó los claveles blancos con delicadeza. Se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos oscuros en los que la fiereza implacable de las últimas semanas había dejado paso a una melancolía profunda y silenciosa.
—Ya está, papá —susurró Helena, y su aliento se condensó en el aire helado—. Se acabó. El imperio que construyeron sobre tus ruinas ha sido desmantelado. Los he dejado sin nada. Exactamente como nos dejaron a nosotros. Nadie volverá a pronunciar el apellido Sterling en esta ciudad con respeto.
Pasó las yemas de los dedos enguantados sobre las letras talladas en la piedra. Esperaba sentir una oleada de euforia, una catarsis definitiva que borrara el dolor de sus años de adolescencia en el exilio, la ausencia de su padre y la furia que la había impulsado a construir su propio imperio desde cero. Pero la venganza, una vez consumada, resultó ser un vaso de agua salada: calmaba la sed momentáneamente, pero dejaba un regusto amargo en la garganta. No le había devuelto a su padre. No había deshecho el infarto que le segó la vida en aquel frío pasillo de los juzgados.
Un suave crujido de grava a sus espaldas la sacó de sus pensamientos. Helena no se giró. Sabía perfectamente de quién se trataba.
—Señorita Montenegro —dijo la voz sosegada de Víctor. El asistente se detuvo a dos metros de distancia, respetando el momento de intimidad con la tumba de su padre. Llevaba una carpeta negra bajo el brazo—. Siento interrumpirla en un día como hoy, pero tenemos una anomalía en los protocolos de vigilancia.
Helena se puso de pie lentamente, ajustándose el abrigo y volviendo a colocarse las gafas de sol. La hija afligida desapareció en una fracción de segundo, dando paso nuevamente a la ejecutiva de acero.
—¿Qué tipo de anomalía, Víctor? Pensaba que los Sterling estaban neutralizados en su madriguera de Vallecas.
—Marcos Sterling lo está. Ayer consiguió un contrato temporal como reponedor nocturno en un supermercado de la periferia. Su espíritu está completamente quebrado. Sin embargo, su madre parece haber recuperado cierta iniciativa, por muy delirante que sea.
Víctor abrió la carpeta y le entregó un par de fotografías tomadas con un teleobjetivo. En las imágenes se veía a Matilde Sterling, vestida con su anacrónico abrigo de visón y un pañuelo en la cabeza para pasar desapercibida, entrando en una casa de empeños de dudosa reputación en el barrio de Tetuán.
—Nuestros analistas han reconstruido sus pasos —explicó Víctor—. Al parecer, Matilde logró ocultar un broche de diamantes y zafiros de la colección privada antes de que los auditores la registraran a fondo. Un broche valorado en más de sesenta mil euros en el mercado negro. Lo empeñó ayer por la tarde por una décima parte de su valor, en efectivo.
Helena frunció el ceño, observando la fotografía con frialdad. —¿Para qué necesita una anciana arruinada seis mil euros en efectivo? Podrían vivir con eso durante meses si lo administraran bien, pero Matilde no sabe lo que significa la austeridad.
—No lo ha usado para comprar comida o pagar alquiler, señorita —Víctor sacó una tercera fotografía. Mostraba a Matilde entregando un abultado sobre de papel manila a un individuo con un profuso tatuaje en el cuello, en un callejón oscuro—. Se ha reunido con un contacto de los bajos fondos, un matón a sueldo conocido como "El Ruso". Según nuestros informadores, Matilde ha pagado un anticipo para contratar un ataque contra usted. Un ataque físico, y definitivo.
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Helena miró la imagen del callejón, y una leve y gélida sonrisa se dibujó en sus labios. A pesar de haber sido despojada de su castillo, la vieja víbora seguía intentando inyectar veneno.
—Qué predecible y qué sumamente patética —murmuró Helena, devolviéndole las fotografías a Víctor—. Prepara el dispositivo de seguridad, Víctor. Vamos a dejar que doña Matilde crea que ha ganado, para que la caída desde su última ilusión sea la definitiva.