Capítulo 1: El eco de un crimen

Las palabras de Don Ernesto cayeron sobre la habitación como un rayo en medio de la tormenta. Roberto sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, pero rápidamente intentó recomponer su máscara de frialdad.
—¡Es una locura! —gritó Roberto, dando un paso agresivo hacia la cama—. El viejo perdió el juicio. ¿A quién le van a creer? ¿A un moribundo delirante y a una sirvienta, o a mí?
Mariana no escuchaba los gritos. En su mente solo resonaba el nombre de su padre, Daniel Cruz, y el sonido del choque que lo mató cuando ella era solo una bebé. Toda su vida creyó que había sido un trágico accidente, pero la verdad era mucho más oscura: su propio tío lo había mandado a matar.
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Don Ernesto, con el último aliento que le quedaba, señaló con un dedo tembloroso hacia el cajón inferior del buró.
—Ahí... está la confesión firmada del mecánico de Puebla —susurró el anciano—. No puedes borrar el pasado, Roberto.