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La última firma / Chapter 7 / 10

Capítulo 7: El regreso de Sofía

Alejandro salió corriendo.

Subió al coche antes de que Elena terminara de hablar.

—¡A la clínica!

El motor rugió.

La carretera hacia Granada parecía interminable.

Nadie habló durante el trayecto.

Cuando llegaron, el edificio estaba envuelto en humo.

Ambulancias.

Bomberos.

Policías.

El olor a quemado era insoportable.

Alejandro empujó a un agente y entró.

—¡Sofía!

Las habitaciones estaban destruidas.

Cristales rotos.

Camas volcadas.

En el pasillo encontró a un médico herido.

—¿Dónde está mi esposa?

El hombre respiró con dificultad.

—Se la llevaron.

—¿Quién?

—Víctor.

Alejandro sintió un golpe en el estómago.

—¿Y el niño?

El médico señaló una puerta metálica.

—El incendio fue una distracción.

Querían al bebé.

Pero alguien llegó antes.

Alejandro abrió la puerta.

Era un antiguo quirófano.

Vacío.

Solo había una incubadora.

Y una pulsera de recién nacido.

Montoro Navarro.

Lucía recogió la pulsera.

—Está vivo.

Elena encontró una cámara de seguridad parcialmente intacta.

Conectó el disco duro.

La grabación comenzó.

Víctor entraba con cuatro hombres armados.

Buscaban desesperadamente al niño.

De repente…

Una mujer apareció por un pasillo lateral.

Cabello oscuro.

Vestido blanco.

Sofía.

Alejandro dejó escapar un suspiro.

Estaba viva.

La grabación mostraba cómo Sofía tomaba al bebé en brazos y escapaba por una salida de emergencia.

Víctor la perseguía.

La imagen se cortó.

Alejandro cerró los ojos.

—Resististe.

Lucía encontró un mapa de la clínica.

Una ruta subterránea conectaba el edificio con una antigua estación de tren abandonada.

Corrieron hacia allí.

El túnel estaba oscuro.

Húmedo.

Lleno de vías oxidadas.

Al final escucharon un llanto.

Un bebé.

Alejandro aceleró el paso.

La estación apareció ante ellos.

Y allí estaba.

Sofía.

Sostenía al niño contra su pecho.

Su vestido estaba cubierto de sangre y cenizas.

Cuando vio a Alejandro, las lágrimas comenzaron a caer.

—Pensé que habías muerto.

Alejandro la abrazó con fuerza.

El bebé lloró entre los dos.

Durante unos segundos, el mundo dejó de existir.

Pero el momento terminó con el sonido de unos aplausos.

Ricardo apareció en el andén.

Solo.

Sin escoltas.

Sin armas visibles.

—Qué escena tan conmovedora.

Sofía retrocedió abrazando al niño.

Ricardo los observó con una extraña tranquilidad.

—He perdido demasiado tiempo.

Sacó un documento.

—El consejo de administración acaba de nombrarme presidente ejecutivo del Grupo Montoro.

Lucía dio un paso adelante.

—Eso es ilegal.

Ricardo sonrió.

—No cuando todos los accionistas creen que el heredero ha muerto.

Alejandro respondió con calma.

—Te equivocas.

Ricardo miró al bebé.

—¿De verdad crees que un recién nacido puede salvar un imperio?

Alejandro sonrió por primera vez.

—No.

Sacó la memoria USB.

—Pero la verdad sí.

Elena conectó un pequeño proyector portátil.

Sobre la pared de la estación apareció un video.

Era la grabación completa de la piscina.

Por primera vez se veía el rostro del hombre que colocaba las esposas.

Víctor.

Y detrás de él…

Ricardo.

El silencio fue absoluto.

Ricardo dejó de sonreír.

—Eso no puede ser.

Lucía habló lentamente.

—La copia de la bóveda era falsa.

La verdadera grabación siempre estuvo protegida por Eduardo.

Alejandro dio un paso adelante.

—Todo el consejo acaba de recibir este video.

Y también la policía.

El sonido de sirenas comenzó a acercarse.

Ricardo miró alrededor.

Por primera vez tenía miedo.

Retrocedió hacia las vías.

Víctor apareció corriendo desde el otro extremo del túnel.

—¡Padre, tenemos que irnos!

Ricardo lo miró fijamente.

Después sonrió con una tristeza inesperada.

—No eres mi hijo.

Víctor quedó paralizado.

—¿Qué has dicho?

Ricardo dio un paso atrás.

—Y nunca lo fuiste.

Las sirenas ya estaban sobre ellos.

Ricardo levantó las manos lentamente.

Miró a Sofía.

Miró al bebé.

Y susurró:

—Eduardo ganó.

Los policías irrumpieron en la estación.

Víctor intentó escapar.

Fue reducido inmediatamente.

Ricardo fue esposado.

Mientras se lo llevaban, volvió la cabeza hacia Alejandro.

—Aún queda un último secreto.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Cuál?

Ricardo sonrió por última vez.

—El verdadero propietario del Grupo Montoro…

No soy yo.

No eres tú.

Y tampoco Eduardo.

Entonces la policía lo sacó de la estación.

Sofía abrazó al bebé con fuerza.

Alejandro sintió un extraño presentimiento.

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La guerra parecía haber terminado.

Pero la última verdad aún no había sido revelada.

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