Capítulo 2: El hombre que volvió del agua

El monitor cardíaco emitió un pitido constante.
Alejandro abrió los ojos de golpe.
Intentó incorporarse.
Un dolor insoportable le atravesó el pecho.
—Tranquilo, señor Montoro.
Una enfermera lo sujetó por los hombros.
—Ha estado inconsciente tres días.
Tres días.
Su memoria regresó como un disparo.
La piscina.
La cadena.
La cubierta cerrándose.
Sofía.
—¡Mi esposa!
Nadie respondió.
El silencio fue peor que cualquier palabra.
Un médico entró en la habitación.
Bajó la mirada antes de hablar.
—Lo siento.
Alejandro sintió que el mundo se detenía.
—No pudimos salvarla.
Él cerró los ojos.
No lloró.
No gritó.
Solo recordó la última vez que había visto a Sofía.
Abrazándola bajo el agua.
Protegiendo a su hijo.
Horas después, salió del hospital contra la recomendación médica.
Condujo directamente a la villa.
La policía ya había retirado las cintas de seguridad.
La piscina estaba cubierta.
Como si nada hubiera ocurrido.
Entró solo.
El silencio de la casa era insoportable.
En el borde de la piscina aún quedaban marcas.
Raspaduras.
Golpes.
Sus propios golpes.
Se arrodilló.
Tocó el concreto.
Entonces vio algo.
Un pequeño arañazo metálico junto al desagüe.
Metió los dedos.
Sacó una diminuta pieza dorada.
No era una llave.
Era un fragmento.
La cabeza de una llave rota.
Alejandro frunció el ceño.
La llave que había visto caer por el desagüe estaba completa.
Entonces…
¿De dónde había salido aquel fragmento?
Guardó la pieza en el bolsillo.
Esa misma noche recibió una llamada.
—Señor Montoro.
Era el abogado de la familia.
—Mañana se abrirá oficialmente el testamento de su padre. Su presencia es obligatoria.
La sala principal estaba llena.
Consejeros.
Accionistas.
Familiares.
Ricardo Montoro ocupaba el asiento principal.
Vestía de negro.
Parecía devastado.
Cuando Alejandro entró, todos se volvieron hacia él.
Ricardo se levantó inmediatamente.
—Sobrino…
Lo abrazó.
Demasiado fuerte.
Demasiado perfecto.
—Tu padre estaría orgulloso de ti.
Alejandro no respondió.
El abogado comenzó a leer.
Cada palabra caía como una sentencia.
El Grupo Montoro.
Las acciones.
Las propiedades.
Los fondos internacionales.
Todo estaba condicionado al nacimiento del heredero.
Cuando terminó la lectura, Ricardo habló con voz grave.
—La familia necesita estabilidad.
Los mercados ya están reaccionando.
Debemos actuar con rapidez.
Uno de los consejeros asintió.
—Don Ricardo es el único con experiencia suficiente para asumir el control.
Alejandro observó los rostros.
Nadie discutía.
Todo parecía preparado.
Demasiado preparado.
La reunión terminó.
Ricardo salió acompañado por dos escoltas.
Antes de subir al coche, se acercó a Alejandro.
—Lo siento de verdad.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Yo también.
Ricardo sonrió levemente.
Un gesto casi imperceptible.
Pero Alejandro lo vio.
Y comprendió algo.
Los hombres que acaban de perder a su familia no sonríen.
Esa noche entró en el despacho privado de su padre.
La habitación seguía intacta.
Abrió cajones.
Revisó documentos.
Encontró contratos.
Cuentas en Luxemburgo.
Transferencias millonarias.
Nada.
Estaba a punto de irse cuando escuchó un clic.
Se detuvo.
El sonido provenía del viejo reloj de pared.
Lo movió.
Detrás había una caja fuerte.
Introdujo la fecha de nacimiento de Sofía.
La caja se abrió.
Dentro solo había una grabadora.
Y un sobre.
Escrito a mano.
Para Alejandro. Si estás escuchando esto, significa que he muerto antes de poder proteger a mi familia.
Sus manos comenzaron a temblar.
Presionó el botón de reproducción.
La voz de Eduardo Montoro llenó la habitación.
—Alejandro… nunca confíes en Ricardo.
El aire pareció desaparecer.
—Él lleva años intentando quedarse con el grupo.
Ha comprado jueces.
Ha sobornado políticos.
Y hará cualquier cosa por el heredero.
Alejandro sintió un escalofrío.
La grabación continuó.
—Hay algo que debes saber sobre Sofía.
Ella no es quien cree ser.
Alejandro abrió el sobre.
Dentro había una prueba de ADN.
Su corazón dejó de latir por un instante.
Sofía era hija biológica de Ricardo Montoro.
Su propio tío.
La sangre se le heló.
La voz de Eduardo volvió a sonar.
—Ricardo abandonó a esa niña hace veintisiete años para ocultar un escándalo que habría destruido a la familia.
Yo la encontré.
La protegí.
Y cuando ustedes se enamoraron, comprendí que el destino había decidido unir lo que él había destruido.
Alejandro cayó de rodillas.
Todo cambiaba.
Todo.
El heredero que Sofía llevaba en el vientre era el único descendiente capaz de reunir legalmente el control absoluto del Grupo Montoro.
Ricardo no solo quería el dinero.
Quería borrar el último testigo de su pecado.
La grabación terminó.
Pero antes de apagarse, Eduardo dijo una última frase.
—Si Sofía desaparece, busca a Lucía. Ella conoce la verdad.
Lucía.
La hermana mayor de Sofía.
Muerta desde hacía diez años.
Alejandro miró la prueba de ADN.
Después miró el fragmento de llave rota.
Y comprendió que la muerte de su esposa no había sido el final.
Había sido el comienzo de una guerra.
Al salir del despacho, escuchó un motor en el jardín.
Se acercó a la ventana.
Un coche negro estaba estacionado frente a la villa.
Un hombre descendió lentamente.
Vestía un traje gris.
Levantó la vista hacia la casa.
Y mostró una fotografía.
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Era Sofía.
Viva.