ascend
La última firma / Chapter 3 / 10

Capítulo 3: La mujer que nunca murió

Alejandro abrió la puerta y salió corriendo.

El hombre del traje gris ya estaba junto al coche negro.

—¿Quién eres?

El desconocido no respondió.

Le entregó la fotografía.

Sofía aparecía sentada en una habitación blanca, abrazándose el vientre.

La imagen tenía una fecha.

El día anterior.

—Esto es imposible.

—No tanto como cree.

El hombre levantó la mirada.

—Me llamo Marcos Salazar. Trabajé quince años para su padre.

Alejandro dio un paso adelante.

—Mi esposa murió.

—Eso es lo que Ricardo quiere que todos crean.

El silencio cayó entre ambos.

Marcos abrió la puerta del coche.

—Suba. No tenemos tiempo.

El vehículo avanzó por la carretera costera de Marbella.

Marcos habló sin apartar los ojos del camino.

—La noche de la piscina, alguien dio la orden de retirar el cuerpo de Sofía antes de que llegara la policía.

—Yo la vi…

—Vio cómo se hundía.

Pero nunca vio su cadáver.

Alejandro sintió un escalofrío.

Marcos sacó una carpeta.

Fotografías.

Registros médicos.

Transferencias bancarias.

—Su padre creó una red secreta de protección.

Sabía que Ricardo intentaría eliminar al heredero.

Por eso preparó un plan.

Alejandro hojeó los documentos.

Había un nombre repetido varias veces.

Clínica Santa Isabel.

—¿Dónde está?

—En las montañas de Granada.

Una clínica privada.

Sin registros públicos.

Solo personas de absoluta confianza.

—Llévame allí.

Marcos negó con la cabeza.

—Si vamos ahora, moriremos.

Ricardo ya sabe que usted sobrevivió.

Y también sabe que abrió la caja fuerte.

Alejandro lo miró con dureza.

—¿Cómo lo sabes?

Marcos sonrió con amargura.

—Porque hay un traidor dentro de la casa.

En ese instante, el teléfono de Alejandro vibró.

Un mensaje.

Número desconocido.

Deja de buscar a Sofía. La próxima vez no fallaremos.

Una fotografía llegó inmediatamente después.

Era la tumba de Lucía.

Sobre la lápida había una rosa negra.

Marcos frenó de golpe.

—Nos siguen.

Dos todoterrenos negros aparecieron detrás de ellos.

Aceleraron.

El primer vehículo intentó embestirlos.

Marcos giró bruscamente.

El coche derrapó entre las curvas.

Disparos.

El cristal trasero estalló.

—¡Agáchese!

Alejandro se protegió mientras las balas atravesaban el vehículo.

Marcos tomó un camino secundario.

Entraron en un viejo túnel.

Los todoterrenos continuaban detrás.

—No podremos escapar mucho tiempo.

Marcos sacó una memoria USB y se la entregó.

—Si algo me pasa, entréguesela a la jueza Elena Robles.

Ella trabajó con su padre.

—¿Qué contiene?

—La verdadera contabilidad del Grupo Montoro.

Las cuentas ocultas.

Los sobornos.

Y el nombre de quien organizó el ataque de la piscina.

Antes de que Alejandro pudiera responder, un camión apareció de frente.

Marcos giró violentamente.

El coche chocó contra el muro del túnel.

El impacto fue brutal.

El airbag explotó.

Alejandro perdió el conocimiento durante unos segundos.

Cuando despertó, el coche estaba destrozado.

Marcos sangraba.

—Escuche…

Respiraba con dificultad.

—No confíe en nadie de la familia.

Ni siquiera en quienes lloran por Sofía.

Le apretó la mano.

—Lucía…

No está muerta.

Alejandro abrió los ojos con incredulidad.

—¿Qué?

Marcos intentó hablar otra vez.

Pero una bala atravesó el parabrisas.

Su cuerpo quedó inmóvil.

Alejandro se volvió.

Los hombres de Ricardo avanzaban hacia el coche.

Sacó la memoria USB.

Salió por la puerta destrozada.

Corrió hacia la oscuridad del túnel.

Los disparos resonaban detrás de él.

Llegó a una salida de emergencia.

Subió una escalera metálica.

Emergió entre los pinares.

Respiraba con dificultad.

Miró la memoria.

Todo dependía de aquel pequeño dispositivo.

Entonces escuchó una voz femenina.

—Alejandro.

Se giró lentamente.

Una mujer estaba de pie entre los árboles.

Cabello oscuro.

Vestido blanco.

La misma cicatriz en la muñeca que había visto en las fotos antiguas de Sofía.

La mujer sonrió.

May you like

—Mi nombre es Lucía.

Y llevo diez años esperando este momento.

Related Stories

Other posts