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La última firma / Chapter 5 / 10

Capítulo 5: El heredero oculto

El coche se detuvo bruscamente.

—¿Quién envió ese mensaje? —preguntó Alejandro.

Lucía borró la pantalla inmediatamente.

—Alguien dentro de la clínica.

—¿Sofía está en peligro?

Lucía no respondió.

Pisó el acelerador.

La carretera descendía entre los acantilados de Granada mientras la lluvia comenzaba a caer.

—Escúchame con atención. Si Ricardo descubre dónde están Sofía y el niño, no dejará testigos.

Alejandro apretó la memoria USB en su mano.

—Entonces iremos a por ellos.

—No. Primero debemos quitarle el poder.

Una hora después llegaron a un pequeño edificio de piedra frente a una plaza desierta.

No había ningún cartel.

Lucía abrió una puerta metálica.

Dentro los esperaba una mujer de unos cincuenta años.

Traje azul oscuro.

Mirada firme.

—Jueza Elena Robles.

Alejandro comprendió inmediatamente.

Era el nombre que Marcos había mencionado antes de morir.

Elena tomó la memoria USB y la conectó a un ordenador.

Decenas de archivos aparecieron en la pantalla.

Empresas pantalla.

Transferencias.

Contratos falsificados.

Y una carpeta marcada como Operación Piscina.

Alejandro sintió un escalofrío.

Elena abrió el archivo.

Una lista de pagos apareció ante ellos.

El nombre del jefe de seguridad de la villa.

El técnico de mantenimiento.

Dos agentes privados.

Y finalmente…

Víctor Montoro.

Alejandro levantó la vista.

—Mi primo.

Lucía asintió.

—El hijo de Ricardo.

Elena amplió otro documento.

Era una autorización bancaria firmada electrónicamente.

—El dinero para el ataque salió de una cuenta controlada por Víctor.

Alejandro golpeó la mesa.

—Quiero entregarlo a la policía ahora mismo.

Elena cerró el ordenador.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque estas pruebas no bastan.

Ricardo controla parte del consejo de administración y tiene influencia sobre varios fiscales.

Si actuamos demasiado pronto, destruirá todo.

Lucía respiró hondo.

—Necesitamos su caja de seguridad.

Elena sacó un plano del banco privado Montblanc.

Una de las entidades financieras más exclusivas de España.

—Ricardo guarda allí los documentos originales.

Las cuentas en Suiza.

Los testaferros.

Y algo más importante.

El verdadero testamento de Eduardo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Verdadero?

Elena lo miró directamente.

—El testamento que leyeron en la villa fue una copia manipulada.

Hubo una modificación seis meses antes de la supuesta muerte de tu padre.

Lucía añadió en voz baja:

—Si conseguimos ese documento, Ricardo perderá el control del grupo.

Esa misma noche, los tres observaron el banco desde un edificio cercano.

Seguridad privada.

Cámaras.

Accesos biométricos.

Parecía imposible.

Lucía sonrió.

—Los hombres ricos siempre creen que el dinero compra la inteligencia.

Sacó una tarjeta dorada.

—Víctor la dejó olvidada en una fiesta hace dos meses.

Entraron por el acceso de clientes premium.

El ascensor descendió tres niveles bajo tierra.

La bóveda era enorme.

Filas interminables de cajas de seguridad.

Elena vigilaba el pasillo.

Alejandro encontró el número.

M-317.

Introdujo la tarjeta.

La puerta se abrió.

Dentro había carpetas.

Pasaportes.

Lingotes.

Y un sobre negro.

Alejandro lo abrió.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Dios mío…

Lucía tomó el documento.

Era un informe médico.

No pertenecía a Sofía.

Pertenecía a Ricardo.

Diagnóstico: infertilidad irreversible desde hacía treinta años.

Lucía levantó lentamente la mirada.

—Eso significa…

Elena terminó la frase.

—Víctor no puede ser hijo biológico de Ricardo.

El silencio fue absoluto.

En ese instante se escuchó un aplauso.

Lento.

Frío.

Una figura apareció al final del pasillo de la bóveda.

Ricardo Montoro.

Vestía un impecable traje negro.

Sonreía.

—Por fin encontraron lo que quería que encontraran.

Detrás de él aparecieron diez hombres armados.

Ricardo avanzó lentamente.

—Gracias por abrir mi caja.

Ahora ya sé exactamente quiénes siguen siendo leales a Eduardo.

Alejandro dio un paso adelante.

—Tú intentaste matar a tu propia hija.

Ricardo soltó una carcajada.

—¿Mi hija?

Su mirada se volvió completamente oscura.

—Sofía nunca fue mi hija.

Y el mayor error de Eduardo fue hacer que todos ustedes creyeran esa mentira.

Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Ricardo sonrió una vez más.

—La verdadera madre de Sofía está viva.

Y en este momento…

Está sosteniendo a su nieto en brazos.

Las puertas blindadas de la bóveda comenzaron a cerrarse lentamente.

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Los hombres levantaron las armas.

Y Alejandro comprendió que habían caído exactamente donde Ricardo quería.

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