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La última firma / Chapter 6 / 10

Capítulo 6: La verdad enterrada

Las puertas blindadas comenzaron a cerrarse.

Ricardo levantó una mano.

—Nadie dispara.

Los hombres bajaron las armas.

Alejandro observó el mecanismo.

La bóveda quedaría completamente sellada en menos de treinta segundos.

Ricardo sonrió.

—¿Sabes cuál fue siempre el problema de Eduardo?

Se enamoró de sus propios secretos.

Sacó un sobre blanco del bolsillo.

Lo lanzó al suelo.

Cayó frente a Alejandro.

—Ábrelo.

Dentro había una fotografía antigua.

Una mujer joven sostenía a un bebé.

Detrás de ella aparecía Eduardo.

Y una fecha.

    Lucía dejó escapar un susurro.

    —Esa mujer…

    Ricardo asintió.

    —Isabel Navarro.

    La verdadera madre de Sofía.

    Alejandro levantó la vista.

    —Entonces el ADN…

    —Era auténtico.

    Pero estaba incompleto.

    Ricardo caminó lentamente por la bóveda.

    —Eduardo manipuló el informe para protegerla.

    Quería que todos creyeran que Sofía era mi hija.

    Así nadie buscaría a Isabel.

    Lucía apretó los puños.

    —¿Por qué?

    Ricardo dejó de sonreír.

    —Porque Isabel descubrió quién robaba el dinero del Grupo Montoro.

    El silencio cayó sobre la bóveda.

    —No era yo.

    Alejandro sintió un golpe en el pecho.

    Ricardo señaló a Lucía.

    —Era ella.

    Lucía dio un paso atrás.

    —Mientes.

    Ricardo sacó otro documento.

    Extractos bancarios.

    Firmas.

    Empresas creadas a nombre de Lucía.

    Fechas de hacía diez años.

    —Tú fingiste tu muerte.

    Cambiaste de identidad.

    Y utilizaste a Eduardo para construir una red de cuentas ocultas.

    Alejandro miró a Lucía.

    Ella guardó silencio.

    —Dile que es mentira.

    Lucía cerró los ojos.

    —No puedo.

    El mundo de Alejandro se derrumbó.

    —¿Qué hiciste?

    Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Lucía.

    —Yo solo quería salvar a Sofía.

    Ricardo soltó una carcajada.

    —No.

    Querías el grupo.

    Querías convertirte en la única heredera.

    Lucía levantó la voz por primera vez.

    —¡Tú abandonaste a Isabel!

    —Sí.

    —¡Y cuando descubriste que Sofía podía heredar el grupo, intentaste matarla!

    Ricardo dejó de reír.

    —Eso sí es cierto.

    Durante unos segundos nadie habló.

    Entonces Alejandro dio un paso hacia Ricardo.

    —¿Dónde está Sofía?

    Ricardo respondió con absoluta calma.

    —En un lugar donde tú nunca la encontrarás.

    Apretó un botón oculto en su reloj.

    Las luces de la bóveda se apagaron.

    Una alarma comenzó a sonar.

    Las puertas se bloquearon completamente.

    Ricardo retrocedió hacia una salida lateral.

    —Disfruten de la compañía.

    La puerta se cerró detrás de él.

    Oscuridad.

    Silencio.

    Después…

    Un clic.

    El sistema de seguridad de la bóveda se activó.

    El oxígeno comenzó a reducirse lentamente.

    Lucía respiró con dificultad.

    —Quiere matarnos aquí.

    Elena iluminó la habitación con una linterna.

    —Busquen una salida de mantenimiento.

    Alejandro golpeó las paredes.

    Nada.

    Lucía observó las cajas de seguridad.

    De repente recordó algo.

    —Eduardo me habló de un túnel.

    Corrió hacia la fila central.

    Encontró una caja marcada con una pequeña estrella.

    La abrió.

    Dentro solo había una llave antigua.

    Y una nota.

    La verdad siempre tiene una segunda puerta.

    Introdujo la llave en una cerradura casi invisible del suelo.

    Un mecanismo oculto se activó.

    Una losa de piedra comenzó a moverse.

    Debajo apareció una escalera estrecha.

    Los tres descendieron rápidamente.

    El túnel era antiguo.

    Construido mucho antes del banco.

    Al final encontraron una puerta de hierro.

    La abrieron.

    Salieron al sótano de un monasterio abandonado.

    Respiraron profundamente.

    Estaban vivos.

    Pero Alejandro seguía mirando a Lucía.

    —Me mentiste desde el principio.

    Lucía bajó la cabeza.

    —Sí.

    —¿Robaste dinero del grupo?

    —Sí.

    —¿Por qué?

    Lucía levantó lentamente la mirada.

    —Porque ese dinero pagó la protección de Sofía durante diez años.

    Pagó médicos.

    Identidades falsas.

    Y el lugar donde nació tu hijo.

    Alejandro quedó inmóvil.

    Lucía dio un paso hacia él.

    —Nunca quise quedarme con el grupo.

    Quise comprar tiempo.

    Para que Ricardo jamás encontrara a Sofía.

    Elena recibió una llamada.

    Escuchó durante unos segundos.

    Su rostro cambió por completo.

    —Acaban de atacar la Clínica Santa Isabel.

    Alejandro sintió que el corazón dejaba de latir.

    —¿Sofía?

    Elena levantó la vista.

    —La clínica ha sido incendiada.

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    Y el niño…

    Ha desaparecido.

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