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CAPÍTULO 6 — LA TRAICIÓN DENTRO DE MIS PROPIAS CLÍNICAS

Regresé a Ohio esa misma noche.

No confiaba completamente en Victor.

Pero tampoco podía ignorar lo que había dicho.

Al día siguiente, reuní a los directores de mis tres clínicas.

Solo cuatro personas tenían acceso a mis cuentas principales.

Mi director financiero.

Mi gerente general.

Mi asistente ejecutiva.

Y Daniel.

El director financiero, Marcus, había trabajado conmigo durante seis años.

Era el último hombre al que habría sospechado.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunté.

Marcus parecía confundido.

—¿Sobre qué?

Coloqué los documentos sobre la mesa.

—Estas transferencias.

Su rostro cambió.

—Yo no las autoricé.

—Pero aparecen con tu código.

Marcus tomó uno de los documentos.

—Esto no es mi firma.

—El sistema dice que sí.

—Entonces alguien utilizó mis credenciales.

Mi asistente, Laura, comenzó a llorar.

—Evelyn…

La miré.

—¿Qué?

—Yo sabía que había algo extraño.

—¿Qué sabías?

Laura miró a Marcus.

—Daniel venía a la oficina cuando tú no estabas.

—¿Cuándo?

—Por las noches.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Pensé que tenía permiso.

—¿Qué hacía?

Laura bajó la voz.

—Se reunía con un hombre.

—¿Quién?

—No lo sé.

Entonces Marcus sacó un registro de seguridad.

Había revisado las cámaras.

Una noche, Daniel había entrado en la clínica principal.

A las 11:43 p. m.

No estaba solo.

El hombre que lo acompañaba era Victor Hale.

Pero había algo más.

En la grabación, Daniel entregaba una carpeta.

Victor le daba un sobre.

El encuentro duró siete minutos.

—¿Qué había en la carpeta? —pregunté.

Marcus negó con la cabeza.

—No lo sé.

En ese momento, mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

Pregúntale a Daniel por el Proyecto Atlas.

Busqué el término en los documentos.

Encontré una carpeta.

ATLAS ACQUISITION.

La abrí.

El proyecto consistía en adquirir mis tres clínicas.

Pero no comprarlas.

Controlarlas.

Daniel había creado una empresa falsa que acumulaba deudas.

Luego había utilizado dinero robado de mis cuentas para comprar participaciones en empresas vinculadas.

Su objetivo era crear una crisis financiera.

Después, comprar mis clínicas a un precio ridículo.

Mi propio esposo había planeado arruinarme.

Robert llegó una hora después.

Le entregué los documentos.

Los leyó en silencio.

—Esto es fraude corporativo.

—¿Puede ir a prisión?

—Si podemos probarlo.

—Entonces probémoslo.

Pero todavía había una pregunta.

¿Por qué Margaret me atacó justo esa noche?

Robert revisó el calendario.

—¿Qué ocurrió exactamente antes del ataque?

—Le dije que cancelaría los seis mil dólares mensuales.

—¿Y qué más?

Recordé la cena.

La mirada de Margaret.

El catálogo.

Su furia.

—Le dije que no iba a pagar cinco mil dólares más.

Robert negó con la cabeza.

—Eso no explica el bate.

Entonces recordé algo.

Antes de que Margaret se levantara, yo había dicho una frase.

—También le dije que iba a revisar todas mis cuentas.

Robert levantó la mirada.

—Ahí está.

Margaret sabía que una auditoría descubriría el fraude.

No quería cinco mil dólares.

Quería tiempo.

Tiempo para borrar pruebas.

Tiempo para transferir dinero.

Tiempo para desaparecer.

Pero había cometido un error.

Me había golpeado delante de un testigo.

Su propio hijo.

Y ahora todo estaba comenzando a desmoronarse.

Esa noche, recibí una llamada.

Era Allison.

La mujer de la fotografía.

—¿Evelyn Carter?

—Sí.

—No nos conocemos.

—No.

—Pero creo que tenemos un problema.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Qué problema?

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Allison respiró profundamente.

—Alguien ha estado siguiendo mi coche.

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