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CAPÍTULO 2 — LA NOCHE EN QUE DEJÉ DE SER SU CAJERO AUTOMÁTICO

Mi abogado se llamaba Robert Miller.

Había trabajado conmigo durante casi una década.

Conocía mis negocios.

Conocía mis cuentas.

Y, sobre todo, conocía a Daniel.

Cuando llegué a su oficina aquella noche, eran casi las once.

Tenía el costado derecho inflamado.

Respirar me dolía.

Robert me miró una sola vez y se levantó.

—¿Qué ocurrió?

—Margaret me golpeó.

Su expresión cambió.

—¿Con qué?

—Un bate.

Robert se quedó en silencio.

Luego preguntó:

—¿Daniel estaba allí?

—Sí.

—¿Te ayudó?

Lo miré.

—No.

Robert cerró los ojos durante unos segundos.

—¿Llamaste a la policía?

—Todavía no.

—Evelyn.

—No quería que Daniel supiera lo que iba a hacer.

Robert me observó con seriedad.

—Lo que necesitas ahora no es venganza.

—Lo sé.

—Necesitas protección.

—También lo sé.

Sacó una libreta.

—Entonces empezamos por el hospital.

No quería ir.

No porque no me doliera.

Sino porque sabía que una vez que existiera un informe médico, todo cambiaría.

Pero Robert tenía razón.

Fuimos a urgencias.

Los médicos descubrieron dos costillas fracturadas y una tercera fisurada.

Cuando la doctora me preguntó qué había ocurrido, respondí la verdad.

—Mi suegra me golpeó con un bate.

—¿Alguien más estaba presente?

—Mi esposo.

—¿Intervino?

Miré hacia la ventana.

—No.

La doctora escribió algo.

Luego me preguntó:

—¿Te sientes segura regresando a casa?

La respuesta fue sencilla.

—No.

Esa noche dormí en un hotel.

No en mi casa.

No en la casa de Margaret.

En una habitación impersonal, con una bolsa de hielo contra las costillas y el teléfono sobre la mesa.

A las 2:14 de la madrugada, Daniel llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

Tenemos que hablar.

No respondí.

Otro mensaje.

Mamá está muy alterada.

Me quedé mirando la pantalla.

No decía:

¿Estás bien?

No decía:

Lo siento.

No decía:

Voy al hospital.

Decía que Margaret estaba alterada.

Entonces comprendí.

Incluso después de golpearme, la preocupación de Daniel seguía siendo ella.

A las 7:30 de la mañana, Robert me llamó.

—La policía va de camino a la casa de Margaret.

Me quedé inmóvil.

—¿Ya?

—El informe médico fue suficiente para solicitar una orden de arresto.

—¿Y Daniel?

—Todavía no.

—¿Por qué?

Robert guardó silencio.

—Porque tu situación es más complicada de lo que crees.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

—Encontré algo mientras revisaba tus cuentas.

Me senté en la cama.

—¿Qué encontraste?

—Los seis mil dólares mensuales no eran el único dinero que salía de tus negocios.

Fruncí el ceño.

—¿De qué estás hablando?

—Hay transferencias adicionales.

—¿A nombre de quién?

Robert respiró profundamente.

—A una empresa llamada Hale Strategic Consulting.

El apellido de Daniel.

—¿Cuánto?

—Durante los últimos tres años, aproximadamente treinta y ocho mil dólares mensuales.

Me quedé sin palabras.

—Eso es imposible.

—No.

—Yo habría visto esas transferencias.

—Estaban divididas en pequeñas cantidades.

Robert continuó:

—Entre cuatro mil y ocho mil dólares. Diferentes cuentas. Diferentes fechas.

Sentí que el dolor de mis costillas desaparecía frente a algo mucho más profundo.

—¿Quién autorizó esas transferencias?

—Tú.

—Yo nunca hice eso.

Robert permaneció en silencio.

Entonces entendí.

—Alguien falsificó mi autorización.

—Eso creemos.

Me levanté lentamente.

—¿Daniel?

—No lo sé todavía.

—Pero él tenía acceso a mis documentos.

—Y Margaret tenía acceso a tu oficina.

Recordé algo.

Margaret había pasado varias tardes en mi clínica principal.

Siempre decía que quería “ayudar”.

Había llevado café.

Había hecho preguntas.

Había observado a mis empleados.

Yo nunca imaginé que estuviera estudiando mi sistema financiero.

Robert continuó:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La empresa que recibió el dinero no pertenece oficialmente a Daniel.

—¿Entonces a quién?

Robert envió un documento a mi teléfono.

Lo abrí.

El propietario aparecía como:

Victor Hale.

Me quedé mirando el nombre.

—¿Quién es Victor Hale?

Robert respondió:

—No lo sé.

Y por primera vez desde que salí de la casa de Margaret, sentí algo diferente al dolor.

Sentí miedo.

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Porque quizá el bate no había sido el comienzo de la traición.

Quizá había sido la primera vez que descubrí que estaba ocurriendo.

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