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CAPÍTULO 8L — LA BODA QUE NADIE PUDO ROBAR

Un año después, la misma catedral volvió a llenarse de invitados.

Pero esta vez, Elena caminaba por el pasillo.

Vestía un elegante vestido blanco.

No porque Camila se lo hubiera robado.

No porque necesitara demostrar nada.

Sino porque finalmente había recuperado su propia vida.

Al final del pasillo, Gabriel la esperaba.

Sin mentiras.

Sin secretos.

Sin una familia conspirando detrás de ellos.

Elena llegó hasta él.

Gabriel tomó sus manos.

—¿Estás segura?

Elena miró hacia las enormes puertas de la catedral.

Después miró a su futuro esposo.

—Por primera vez en mi vida.

Sonrió.

—Estoy completamente segura.

Cuando el sacerdote comenzó la ceremonia, Elena escuchó una voz detrás de ella.

—¡Elena!

Todos se volvieron.

Camila estaba siendo escoltada por dos agentes.

Había recibido permiso para asistir bajo vigilancia.

Elena la miró.

Camila tenía el rostro pálido.

—Solo quería decirte algo.

Elena permaneció en silencio.

Camila tragó saliva.

—Lo siento.

Durante unos segundos, nadie respiró.

Elena caminó hacia ella.

Camila esperaba odio.

Esperaba una bofetada.

Esperaba venganza.

Pero Elena solo dijo:

—Te perdono.

Camila rompió a llorar.

Elena continuó:

—Pero nunca volverás a tener poder sobre mí.

Después se dio la vuelta.

Y regresó junto a Gabriel.

El sacerdote sonrió.

—¿Podemos continuar?

Elena miró a Gabriel.

—Sí.

Gabriel tomó su mano.

—Te amo.

Elena sonrió.

—Yo también te amo.

Y mientras las campanas de la catedral comenzaban a sonar...

Elena cerró los ojos.

Durante ocho meses, había luchado por sobrevivir.

Durante un año, había luchado por recuperar su nombre.

Y ahora comprendía algo.

La mejor venganza no había sido destruir a Camila.

La mejor venganza había sido vivir.

Amar.

Sonreír.

Y construir una vida tan hermosa...

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Que nadie pudiera volver a robársela.

FIN.

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