CAPÍTULO 1 — “¡NO SOY UNA EXTRAÑA… SOY TU HERMANA!”

El órgano de la catedral llenaba el aire con una melodía solemne mientras cientos de invitados observaban a Camila Valdés caminar lentamente hacia el altar.
Su vestido blanco parecía hecho de nieve.
El encaje cubría sus hombros desnudos. El diamante de su anillo brillaba bajo la luz dorada que atravesaba los vitrales. A su lado, Alejandro Montenegro, heredero de una de las familias más poderosas de Madrid, esperaba con una sonrisa contenida.
Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.
Hasta que las enormes puertas de madera de la catedral se abrieron de golpe.
¡BANG!
El eco sacudió el templo.
Todos los invitados se volvieron.
Una mujer vestida con un pesado abrigo negro entró lentamente por el pasillo.
Su capucha cubría completamente su rostro.
Sus botas golpeaban el suelo de piedra.
Tac.
Tac.
Tac.
La música se detuvo.
Camila frunció el ceño.
—¡Oiga! —gritó, furiosa—. ¡Esta es mi boda!
La mujer siguió caminando.
No se detuvo.
Camila miró a los guardias de seguridad.
—¡Sáquenla de aquí!
Pero entonces la desconocida levantó ambas manos.
Y lentamente se quitó la capucha.
El rostro que apareció debajo hizo que Alejandro dejara de respirar.
Una cicatriz cruzaba la ceja.
El pómulo estaba cubierto de un hematoma oscuro.
Había sangre seca junto a sus labios.
Pero eran sus ojos los que nadie podía olvidar.
Porque esos ojos pertenecían a una mujer que todos creían muerta.
La mujer miró directamente a Camila.
Y sonrió.
No era una sonrisa de felicidad.
Era la sonrisa de alguien que había sobrevivido al infierno.
—¿No me reconoces? —susurró.
Camila comenzó a retroceder.
—No...
Alejandro palideció.
—¿Elena?
El silencio fue absoluto.
La mujer dio otro paso.
—¡No soy una extraña! —gritó con toda la fuerza de su alma—. ¡SOY TU HERMANA!
Un murmullo de horror recorrió la catedral.
Camila comenzó a temblar.
Elena.
Su hermana gemela.
La mujer que había desaparecido hacía ocho meses.
La mujer cuyo coche había sido encontrado destruido al fondo de un barranco.
La mujer cuyo cuerpo jamás había sido recuperado.
La mujer que todos habían declarado muerta.
Camila había llorado durante semanas.
Había abrazado a su madre.
Había acompañado a Alejandro al funeral simbólico.
Y después...
Se había puesto el vestido de novia de Elena.
Elena avanzó hasta quedar frente a ella.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Pero su voz era puro veneno.
—Tu plan no funcionó.
Camila negó desesperadamente con la cabeza.
—No sé de qué estás hablando.
Elena soltó una risa amarga.
—¿De verdad vas a mentir aquí?
Alejandro miró a Camila.
—¿Qué está pasando?
Camila levantó las manos.
—¡Alejandro, no la escuches! ¡Está enferma! ¡Está traumatizada!
Elena giró lentamente hacia él.
Su rostro se quebró.
—¿Enferma?
Alejandro la miró fijamente.
—Elena... yo te vi caer.
—No —respondió ella—. Tú viste cómo ella me empujó.
Camila gritó:
—¡Eso es mentira!
Elena sacó un pequeño teléfono del bolsillo de su abrigo.
—Entonces tal vez deberíamos escuchar la grabación.
Camila se quedó inmóvil.
Elena presionó la pantalla.
La voz de Camila llenó la catedral.
—“Cuando Elena muera, Alejandro será mío. Y nadie podrá demostrar que fui yo.”
Camila comenzó a respirar con dificultad.
Alejandro la miró.
—Camila...
—¡Está manipulada! ¡Es una mentira!
Elena se acercó a su hermana.
—Ocho meses en una clínica clandestina. Ocho meses sin poder caminar. Ocho meses escuchando cómo todos lloraban mi muerte...
Las lágrimas descendieron por su rostro.
—Mientras tú dormías en mi habitación.
Camila retrocedió.
—No...
—Mientras tú usabas mi ropa.
Otro paso.
—Mientras tú besabas a mi prometido.
Alejandro bajó la mirada.
Elena lo observó.
Y algo dentro de ella murió una segunda vez.
—Dime que no la amas.
Alejandro abrió la boca.
No respondió.
Elena sonrió con tristeza.
—Eso pensé.
En ese instante, las puertas de la catedral volvieron a abrirse.
Varios agentes armados irrumpieron en el templo.
Todos apuntaron sus armas hacia Camila.
—¡Camila Valdés! —gritó un oficial—. ¡Queda detenida por intento de asesinato, fraude y conspiración criminal!
Camila se quedó paralizada.
Después comenzó a gritar.
Un grito histérico.
Desesperado.
Patético.
Elena no apartó los ojos de ella.
Y justo antes de que los agentes la esposaran, Camila miró a su hermana.
Su rostro cambió.
La histeria desapareció.
Y una sonrisa fría apareció en sus labios.
—¿Crees que ganaste?
Elena frunció el ceño.
Camila se inclinó ligeramente hacia ella.
—Pregúntale a Alejandro qué ocurrió la noche en que desapareciste.
Elena miró lentamente al hombre que una vez había amado.
Alejandro se quedó completamente inmóvil.
Y por primera vez...
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Elena sintió miedo.
Porque tal vez su hermana no había sido la única persona que la había traicionado.