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CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE QUE TODOS CREÍAN INOCENTE

CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE QUE TODOS CREÍAN INOCENTE

Alexander no durmió aquella noche.

Se quedó sentado frente a la ventana mientras Ethan dormía en una habitación cercana.

Maya había sido trasladada a una suite privada dentro de la mansión.

Tenía guardias en la puerta.

Pero Alexander no sabía si la estaba protegiendo…

o si estaba poniendo a todos en peligro al mantenerla allí.

A las seis de la mañana, Thomas regresó.

Traía una caja metálica.

—La encontré en el archivo privado.

Alexander lo miró.

—¿Qué es?

—Las pruebas del accidente de Sofía.

Alexander abrió la caja.

Dentro había fotografías.

Informes médicos.

Registros policiales.

Y un pequeño sobre.

En el frente solo había una palabra.

“Alexander”.

Él lo abrió.

Dentro había una carta escrita con la letra de Sofía.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

“Si estás leyendo esto, significa que algo salió mal.”

Alexander tuvo que sentarse.

La carta continuaba.

“Confía en nadie de tu familia.”

Alexander levantó la mirada.

—¿Qué significa esto?

Thomas no respondió.

Alexander siguió leyendo.

Sofía había descubierto que alguien estaba robando dinero de una de las empresas de Alexander.

La cantidad superaba los treinta millones de dólares.

Pero el dinero no había desaparecido por un empleado cualquiera.

Había sido transferido a una cuenta vinculada a alguien de la familia.

Alexander revisó los documentos.

El nombre apareció.

Richard Black.

Su propio hermano mayor.

Alexander se quedó inmóvil.

Richard había sido su socio durante veinte años.

El hombre que había estado junto a él durante la expansión de la empresa.

El hombre que había llorado en el funeral de Sofía.

El hombre que había prometido proteger a Ethan.

—No —susurró Alexander.

Thomas lo miró.

—Sofía sospechaba que Richard estaba detrás del fraude.

—¿Por qué no me lo dijo?

—Tal vez intentó hacerlo.

Alexander recordó los últimos días antes del accidente.

Sofía había estado nerviosa.

Había intentado hablar con él varias veces.

Pero cada vez, algo interrumpía la conversación.

Una reunión.

Una llamada.

Una emergencia.

Y luego…

el accidente.

Alexander sintió que la culpa le aplastaba el pecho.

En ese momento, escucharon un grito.

Maya.

Alexander corrió hacia la habitación.

La encontró de pie junto a la ventana.

En sus manos sostenía una fotografía.

Era una fotografía de Richard.

—Él —susurró.

Alexander se detuvo.

—¿Qué?

Maya señaló la imagen.

—Él estaba allí.

—¿Dónde?

—En la habitación.

—¿Qué habitación?

Maya comenzó a temblar.

—No lo sé.

Las imágenes regresaban lentamente.

Un sótano.

Una lámpara colgando del techo.

Richard parado frente a ella.

Y una mujer a su lado.

Alexander sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué mujer?

Maya cerró los ojos.

—Tu madre.

Alexander palideció.

Su madre había muerto diez años antes.

—Eso es imposible.

Maya negó con la cabeza.

—No.

—Mi madre murió.

—No estaba muerta.

El silencio cayó sobre la habitación.

Maya comenzó a llorar.

—Richard dijo que si tú descubrías la verdad, destruiría a toda tu familia.

Alexander retrocedió.

Entonces su teléfono sonó.

Era Richard.

Alexander contestó.

—¿Dónde estás? —preguntó Richard.

Alexander no respondió.

Richard continuó:

—He visto las noticias.

Alexander miró a Maya.

—¿Qué noticias?

—La mujer de tu fiesta.

Alexander apretó el teléfono.

Richard soltó una risa nerviosa.

—Deberías tener cuidado, hermano.

—¿Por qué?

—Porque algunas personas deberían permanecer muertas.

La llamada terminó.

Alexander miró a Thomas.

Después miró a Maya.

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Y por primera vez entendió que el peligro no había desaparecido.

Solo había regresado.

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