CAPÍTULO 1 — «¡MAMÁ, VEN AQUÍ!»

La fiesta de cumpleaños de Alexander Black había costado más de lo que la mayoría de las personas ganaría en toda su vida.
La mansión estaba iluminada como un palacio.
Cientos de invitados ocupaban el enorme salón principal. Empresarios, políticos, celebridades y miembros de las familias más poderosas de California levantaban copas de champán mientras una orquesta tocaba cerca de la escalera principal.
En el centro del escenario, Alexander Black sonreía mientras su hijo recibía una enorme tarta de cumpleaños.
El pequeño tenía cinco años.
Llevaba un traje azul oscuro, zapatos brillantes y una pequeña corbata torcida que su padre había intentado arreglar tres veces.
—¿Estás disfrutando de tu fiesta, campeón? —preguntó Alexander.
El niño asintió.
—Mucho.
Los invitados rieron.
Alexander era conocido por muchas cosas.
Era uno de los hombres más ricos de Estados Unidos.
Poseía hoteles, empresas tecnológicas y una cadena de hospitales privados.
Pero había una cosa que todos conocían aún mejor.
Su hijo, Ethan, era su mundo entero.
Cuatro años antes, Alexander había perdido a la mujer que amaba.
Sofía.
La madre de Ethan.
Según los informes oficiales, Sofía había muerto en un accidente automovilístico durante una tormenta.
Alexander había identificado el cuerpo.
Había organizado el funeral.
Había enterrado a la mujer que amaba.
O eso creía.
Desde entonces, Ethan había crecido rodeado de niñeras, guardaespaldas y familiares.
Pero cada año, en su cumpleaños, hacía la misma pregunta.
—¿Mamá me está viendo desde el cielo?
Alexander siempre respondía lo mismo.
—Sí, campeón. Tu mamá siempre te está cuidando.
Aquella noche, sin embargo, Ethan tenía un secreto.
Después de que los invitados terminaron de cantar, el pequeño tomó el micrófono.
Al principio, todos comenzaron a reír.
—¡Miren al pequeño jefe! —gritó alguien.
Ethan levantó una mano.
—Tengo una sorpresa.
Los invitados aplaudieron.
Alexander sonrió.
—¿Ah, sí? Ven aquí, campeón.
Ethan negó con la cabeza.
Luego se giró lentamente.
Y señaló hacia el fondo del salón.
Allí, junto a una mesa de bebidas, una joven camarera sostenía una bandeja de copas.
Tenía el cabello oscuro recogido.
Llevaba un uniforme negro sencillo.
Y mantenía la cabeza baja para no llamar la atención.
Ethan sonrió.
—¡Mamá! ¡Ven aquí también!
La bandeja cayó al suelo.
Las copas se rompieron.
El sonido del cristal atravesó la música.
El salón quedó en silencio.
La mujer levantó lentamente el rostro.
Alexander dejó de sonreír.
Su cuerpo entero se congeló.
La mujer también estaba pálida.
Sus ojos se encontraron.
Durante unos segundos, ninguno de los dos respiró.
Alexander dio un paso hacia ella.
—No…
La mujer retrocedió.
Ethan miró a su padre, confundido.
—¿Por qué miras así a mamá?
Nadie se movió.
Nadie se atrevió a hablar.
Porque la mujer que estaba parada junto a la pared era idéntica a Sofía Black.
La mujer que Alexander había enterrado cuatro años atrás.
La mujer que oficialmente estaba muerta.
Alexander bajó lentamente el micrófono.
—¿Quién eres?
La joven tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No lo sé.
Alexander palideció aún más.
—¿Cómo que no lo sabes?
La mujer miró a Ethan.
Y en ese instante, el niño corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Ella cayó de rodillas.
Ethan la abrazó con todas sus fuerzas.
La mujer cerró los ojos.
Y comenzó a llorar.
Alexander observaba la escena como si el mundo hubiera dejado de existir.
Entonces, desde la entrada del salón, una voz masculina dijo:
—Alexander.
Todos se giraron.
Era Thomas Reed.
El abogado personal de Alexander.
Su rostro estaba completamente desencajado.
—No dejes que nadie llame a la policía.
Alexander lo miró.
—¿Por qué?
Thomas observó a la mujer.
Después miró a Ethan.
Y finalmente susurró:
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—Porque si ella realmente es Sofía… entonces el accidente de hace cuatro años nunca ocurrió.
Y alguien había pasado todo ese tiempo asegurándose de que la verdad permaneciera enterrada.