Capítulo 5: La sangre y la mentira

Capítulo 5: La sangre y la mentira
—Eso es imposible.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
La detective Collins apagó la radio.
Nadie habló durante varios segundos.
Sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—La carta de Anna puede haber sido escrita bajo presión —dije—. Ortega pudo obligarla.
Collins no respondió de inmediato.
Sacó otra carpeta del escritorio del sótano.
Dentro había una prueba genética.
Dos nombres.
Mateo Hart.
Michael Romero.
Compatibilidad biológica: 99,98 %.
Me quedé inmóvil.
Michael era el padre de Mateo.
No yo.
La habitación empezó a girar.
Recordé el embarazo oculto.
Las discusiones.
El miedo de Anna.
Su desesperación.
Todo adquiría un significado diferente.
—Anna me engañó.
La frase me destrozó por dentro.
Collins negó lentamente.
—No saque conclusiones todavía.
Me mostró otra página.
La fecha de concepción estimada coincidía con una época en la que yo estaba trabajando durante meses fuera de España.
Michael vivía entonces en nuestra casa.
Cerré los ojos.
No quería imaginar el resto.
—Hay algo que no encaja —dijo la detective—. Si Michael era el padre, ¿por qué Evelyn necesitaba destruir su vida para quedarse con el fideicomiso de Lily?
Era cierto.
El dinero de Lily seguía siendo el objetivo principal.
Los documentos hablaban constantemente de su herencia.
No de Mateo.
Un agente bajó las escaleras apresuradamente.
—Detective.
Encontramos el servidor principal.
Había sido borrado.
—¿Recuperable?
—Parcialmente.
El técnico conectó un disco duro.
Aparecieron cientos de archivos.
Muchos estaban dañados.
Uno seguía intacto.
Se llamaba Proyecto Herencia.
Collins lo abrió.
Era una contabilidad secreta.
Transferencias.
Empresas pantalla.
Cuentas en Andorra y Luxemburgo.
Y una lista de beneficiarios.
Evelyn Hart.
Julián Ortega.
Varios jueces.
Dos directivos bancarios.
Y, para mi sorpresa…
Michael Romero.
Durante años había recibido pagos mensuales.
No pequeñas cantidades.
Cincuenta mil dólares cada mes.
—Vendió a su propia sobrina.
Collins amplió otra pestaña.
Era un contrato.
Michael se comprometía a declarar mi incapacidad mental ante el tribunal.
A cambio recibiría una participación del fideicomiso.
Pero había una cláusula adicional.
“En caso de fallecimiento del tutor legal, el beneficiario secundario recibirá un incentivo extraordinario.”
Fallecimiento.
No pérdida de custodia.
Muerte.
La detective cerró el ordenador.
—Esto cambia el caso.
—Querían matarme.
—Sí.
Y el intento de hoy probablemente era solo el comienzo.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era un número desconocido.
Collins hizo un gesto.
Contesté.
Una voz masculina habló con absoluta calma.
—Daniel.
—¿Quién es?
—Si quieres volver a ver a tu hijo, escucha con atención.
Mi sangre se heló.
—Mateo está conmigo.
Era Julián Ortega.
—No le hagas daño.
—Eso depende de ti.
Escuché el sonido de un coche en movimiento.
—Entrégame la grabación del reloj de Lily y el contenido de la caja del sótano.
—La policía ya lo tiene todo.
Ortega rio suavemente.
—No. Tú tienes algo que ellos todavía no han visto.
Miré a Collins.
Ella frunció el ceño.
—No sé de qué hablas.
—La carta de Anna estaba incompleta.
Sentí un escalofrío.
Abrí nuevamente el sobre de madera.
Detrás de la hoja principal había un segundo papel doblado.
No lo había visto.
Lo desplegué.
Era una lista de números.
Coordenadas.
Y una frase escrita con urgencia.
“Las pruebas reales están donde enterramos el olivo.”
Ortega habló otra vez.
—Anna era más inteligente de lo que imaginabas.
Sabía que yo registraría todas sus propiedades.
Por eso escondió el único documento capaz de destruirnos.
Collins escribió rápidamente una dirección.
Reconocí el lugar.
La finca de mis padres en Toledo.
El olivo.
Anna y yo habíamos plantado uno el día que nació Lily.
—Ve solo —dijo Ortega—. Si veo un solo coche policial, Mateo desaparecerá para siempre.
La llamada terminó.
La detective se acercó inmediatamente.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—No irá solo.
Miré la carta.
Las coordenadas.
El olivo.
Anna había dejado un último mensaje.
Y llevaba años esperándome.
Collins tomó las llaves del coche.
—Nos adelantaremos.
—¿Qué significa eso?
—Que Ortega cree que controla el juego.
Sonrió por primera vez.
—Pero acaba de cometer un error.
—¿Cuál?
La detective levantó el teléfono.
—Mientras hablaba con usted, localizamos su vehículo.
Hizo una pausa.
—Y sabemos exactamente dónde está.
En ese instante sonó otra llamada.
Esta vez desde el teléfono desechable de Michael.
Collins respondió en altavoz.
Una voz infantil temblorosa dijo solo cuatro palabras.
—Papá, por favor, ven.
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No era Lily.
Era Mateo.