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Capítulo 3: El hijo que nunca conocí

La ecografía cayó de mis manos.

—Eso no puede ser.

La detective Collins no dijo nada.

Solo dejó que el silencio hiciera el trabajo.

Volví a mirar la imagen.

La fecha era de tres años antes de la muerte de Anna.

Lily tenía cinco años entonces.

Yo estaba convencido de que ese embarazo nunca había existido.

—Anna jamás me habló de otro hijo.

Collins colocó otra hoja sobre la mesa.

Era un informe médico del Hospital Universitario de Oviedo.

Paciente: Anna Romero.

Embarazo: 12 semanas.

Observaciones: embarazo de alto riesgo.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Cómo es posible?

—Eso mismo estamos intentando averiguar.

Levantó la vista.

—Hay algo más extraño.

Me mostró el registro de acceso a la historia clínica.

Alguien había entrado doce veces después de la muerte de Anna.

El nombre del usuario aparecía en la parte inferior.

Julián Ortega.

—Un abogado no tiene acceso a historias clínicas.

—Exacto.

Eso significaba que alguien dentro del hospital había colaborado con él.

La detective señaló una firma.

Pertenecía al doctor Enrique Valdés.

El mismo médico que había certificado el fallecimiento de Anna tras el accidente.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Está diciendo que el accidente pudo no ser un accidente?

—Todavía no.

Pero alguien hizo un gran esfuerzo por borrar todo rastro de ese embarazo.

La puerta se abrió de golpe.

Un agente entró con una carpeta azul.

—Detective, encontramos esto en el despacho de Ortega.

Collins abrió la carpeta.

Dentro había fotografías de vigilancia.

Yo.

Lily.

Nuestra casa.

El colegio.

El parque.

Habíamos sido observados durante meses.

Y entonces apareció una imagen que me dejó sin respiración.

Anna.

La fotografía estaba tomada dos días antes de su muerte.

Discutía con Evelyn frente a una iglesia.

La expresión de Anna era de terror.

Evelyn la sujetaba con fuerza del brazo.

En la siguiente fotografía aparecía Michael.

Intentaba separarlas.

En la tercera, Anna se alejaba llorando.

La hora coincidía con la última vez que hablé con ella por teléfono.

Me dijo que estaba cansada.

Que necesitaba descansar.

Me mintió para protegerme.

—Quiero ver el resto.

Collins dudó.

—Debe prepararse.

Sacó un sobre pequeño.

Dentro había una memoria USB.

—Esto estaba escondido detrás del cuadro del despacho de Ortega.

La conectó al ordenador.

Apareció un vídeo.

La imagen era inestable.

Parecía grabada con un teléfono móvil.

Anna estaba sentada dentro de un coche.

Llovía.

Miraba directamente a la cámara.

—Daniel, si estás viendo esto, significa que llegué demasiado tarde.

Sentí que el mundo se detenía.

La voz de Anna temblaba.

—Evelyn descubrió que sé la verdad.

Respiró hondo.

—El fideicomiso de Lily no es el único.

Hay otro.

Uno que pertenece a un niño.

Mi corazón golpeaba con violencia.

—Nuestro hijo.

Las palabras me destrozaron.

—No murió.

La imagen se cortó durante un segundo.

Volvió con peor calidad.

Anna lloraba.

—Me obligaron a firmar documentos.

Dijeron que era por motivos médicos.

Pero se llevaron al bebé.

Yo nunca vi el cuerpo.

Nunca me dejaron despedirme de él.

Me llevé una mano a la boca.

No podía respirar.

Collins bajó el volumen.

—Hay más.

El vídeo continuó.

—Julián Ortega organizó todo.

Evelyn pagó.

Y Michael…

Anna cerró los ojos.

—Michael sabía que el niño estaba vivo.

La pantalla quedó negra.

Nadie habló durante varios segundos.

Yo apenas podía mantenerme en pie.

—Mi hijo…

La detective me sostuvo del brazo.

—Daniel.

Negué con la cabeza.

—Tengo un hijo vivo.

En ese momento sonó el teléfono de Collins.

Respondió inmediatamente.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Está seguro?

Silencio.

—No dejen salir a nadie.

Colgó despacio.

—¿Qué pasó?

Me miró fijamente.

—Acaban de interrogar a Michael.

—¿Y?

—Ha confesado una parte.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Qué parte?

La detective abrió una fotografía reciente.

Un niño de unos nueve años sonreía frente a un colegio privado en Madrid.

Tenía los mismos ojos que Lily.

Y la misma sonrisa de Anna.

Debajo de la fotografía aparecía un nombre.

Mateo Hart.

—Su hermano acaba de decirnos que ese niño no es sobrino de Evelyn.

Hizo una pausa.

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—Es su hijo.

Y hace menos de una hora alguien intentó sacarlo del país con un pasaporte falso.

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