Capítulo 2: El hombre con la bata blanca

Michael llevaba una bata blanca de médico.
Pero no era médico.
Dos agentes lo sujetaban contra la pared del pasillo mientras una enfermera temblaba de miedo.
—¡Es un error! —gritaba—. ¡Solo quería ver a mi sobrina!
La detective Sarah Collins caminó hacia él sin prisa.
—Curioso. Porque la bata que lleva pertenece al doctor Javier Morales.
Michael dejó de forcejear durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
Collins sonrió apenas.
—Sabía el nombre del médico.
Los agentes le quitaron la acreditación falsa.
Era una copia casi perfecta del acceso temporal del hospital.
—¿Quién se la consiguió? —preguntó Collins.
—No responderé sin un abogado.
—Ya lo imaginaba.
Lo registraron allí mismo.
En uno de los bolsillos encontraron un teléfono desechable, un juego de llaves y un pequeño frasco de cristal sin etiqueta.
Collins levantó el frasco con un pañuelo.
—Llévenlo al laboratorio.
Michael palideció.
—Eso no es mío.
La detective lo miró fijamente.
—No he dicho lo que es.
Silencio.
Lo acababa de delatar.
Yo observaba la escena incapaz de reconocer al hombre que tenía delante.
Era mi hermano.
Habíamos compartido habitación durante dieciséis años.
Había llorado conmigo en el funeral de Anna.
Había abrazado a Lily cuando ella preguntaba por su madre.
Y ahora intentaba entrar disfrazado en la habitación de mi hija.
—¿Por qué? —pregunté.
Michael evitó mi mirada.
—No entiendes nada.
—Explícamelo.
—No aquí.
Los agentes comenzaron a llevárselo.
Entonces Michael giró la cabeza.
—Daniel…
Me detuve.
—No confíes en la detective.
Collins no reaccionó.
Michael sonrió por primera vez.
—Ella tampoco te está diciendo toda la verdad.
Desapareció por el pasillo.
La frase quedó suspendida en el aire.
Entramos nuevamente en la sala de reuniones.
La detective cerró la puerta.
—Sé lo que está pensando.
—¿Que mi hermano es un monstruo?
—Que alguien más está moviendo las piezas.
Se acercó a la ventana.
—Evelyn es ambiciosa. Michael es manipulable. Pero esto…
Señaló la documentación del fideicomiso.
—Esto requiere experiencia financiera, acceso legal y planificación.
Abrió una carpeta nueva.
—Hay algo que aún no le mostré.
Sacó una fotografía antigua.
Anna.
Mi esposa.
Sonriendo frente a una casa rural en Asturias.
La imagen estaba fechada seis meses antes de su muerte.
—¿Qué tiene que ver esto?
—Mire el reflejo del coche.
Amplié la imagen.
En el cristal de la ventana aparecía un hombre.
No era yo.
No era Michael.
Era Julián Ortega.
El abogado.
—Anna se reunió con él en secreto.
Sentí un vacío en el estómago.
—Eso es imposible.
—Tenemos registros de llamadas, reservas de hotel y transferencias bancarias.
Collins abrió otro documento.
Anna había retirado cuatrocientos mil dólares del patrimonio común un mes antes de morir.
Yo nunca vi ese dinero.
Nunca supe que existía.
—¿Está diciendo que mi esposa me ocultaba cosas?
—Estoy diciendo que estaba investigando algo.
La detective me entregó una copia de un correo electrónico.
El remitente era Anna.
El destinatario, un notario de Oviedo.
El asunto decía:
“Si algo me ocurre, protejan a Lily.”
Leí el mensaje dos veces.
Tres veces.
Anna escribía que había descubierto irregularidades en el fideicomiso familiar de Evelyn.
Que sospechaba que parte del patrimonio había sido desviado durante años.
Y que no confiaba en Michael.
La fecha del correo era cinco días antes del accidente de tráfico que le costó la vida.
Accidente.
Siempre creí que había sido un accidente.
—¿Reabrieron la investigación?
Collins tardó unos segundos en responder.
—Nunca se cerró realmente.
La puerta volvió a abrirse.
Entró un técnico forense.
—Detective.
Le entregó un informe.
Ella lo leyó rápidamente.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa?
—El frasco que llevaba Michael.
—¿Qué era?
La detective levantó la vista.
—Un sedante de acción rápida.
El mismo tipo de medicamento utilizado para provocar pérdida de conciencia temporal.
Sentí un escalofrío.
—¿Quería hacerle daño a Lily?
—No lo sabemos.
Pero sí sabemos algo más.
Colocó una fotografía sobre la mesa.
Era la cámara de seguridad del aparcamiento del hospital.
Mostraba un coche negro saliendo a toda velocidad.
La matrícula estaba parcialmente visible.
Yo conocía ese coche.
—Es el vehículo de Julián Ortega.
Collins asintió.
—Abandonó el hospital hace siete minutos.
—¿Por qué estaba aquí?
La detective respondió con una sola frase.
—Porque alguien vino a recuperar un documento que Evelyn no debía llevar en el maletín.
En ese momento sonó el teléfono de la detective.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro se endureció.
—Entendido.
Colgó.
—Acaban de registrar la casa de Evelyn.
—¿Encontraron algo?
Me miró directamente.
—Encontraron una caja fuerte vacía.
—¿Vacía?
—Sí.
Pero dentro había restos recientes de papel quemado.
Hizo una pausa.
—Y un compartimento oculto.
Respiré hondo.
—¿Qué había allí?
La detective deslizó una fotografía hacia mí.
Era una ecografía.
Con el nombre de Anna.
Y una nota escrita a mano.
May you like
Solo tenía una frase.
“El niño nunca debía nacer.”